El Centro Cultural América Libre cumple 20 años desde la recuperación del edificio de 20 de Septiembre y San Martín. Nacido al calor del No al ALCA y construido sobre la autogestión, la cultura popular y la participación, el espacio transformó una antigua sede abandonada de la ANSES en una casa abierta a la comunidad.
Por Nicolás Ayrton
La esquina de 20 de Septiembre y San Martín irrumpe en el centro de Mar del Plata con banderas, ventanales y expresiones artísticas y políticas que le imprimen personalidad a las paredes. «Casa del Pueblo» reza el cartel que está sobre las puertas abiertas del edificio de tres pisos, en una invitación directa a ingresar y conocer el Centro Cultural América Libre.
Adentro sigue el color, el arte y el trabajo como factor común en cada rincón. Entra y sale gente todo el tiempo. Personas de todas las edades desfilan entre los murales, el escenario y la estufa de barro que calefacciona el salón central, donde se preparan los festejos por los 20 años desde la recuperación del lugar.
Entre un grupo que trabaja alrededor de una computadora se levanta Huara Quiroga, escenógrafa e integrante del centro cultural, social y político. Con un termo y un mate, y tras advertir que el olor a látex se debe a que se pintó el cielo raso de cara al evento del sábado 26 de septiembre, se dispone a responder todo sobre la historia, el presente y los proyectos futuros del América Libre.
La oleada progresista en Latinoamérica
El Centro Cultural América Libre tiene su hito inaugural el 24 de septiembre de 2006. Pero el hecho no cobra verdadero sentido sin su contexto, y en esta línea Huara Quiroga indica: “Hay que pensar que veníamos de un 2005 donde Mar del Plata había sido escenario del No al ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), y eso es un momento de quiebre en toda Latinoamérica, que venía de resistir a las políticas neoliberales de los 90”.
El comienzo del siglo XXI en América Latina representa un cambio sustancial en la política de la región. Luego de años de gobiernos neoliberales que actuaron bajo los lineamientos del Consenso de Washington (1989), las promesas de modernización, consumo y grandes inversiones extranjeras resultaron en precarización social, desocupación, deuda, crisis y estallidos. Estos hechos convirtieron a la región en la de más desigual del planeta hacia fines del siglo, según un informe de la CEPAL.
El fracaso social del modelo de los 90 y la resistencia y acumulación de fuerza de los movimientos populares dieron paso a lo que posteriormente se denominó como “una oleada” de gobiernos progresistas y de izquierda en varios países de Latinoamérica. Entre otras reivindicaciones, sonaban fuerte la recuperación del rol del Estado y la soberanía económica, pero también un rotundo cambio de paradigma cultural e identitario en la sociedad.
“Hay un impacto directo en las organizaciones que ya existían en ese momento, en esa experiencia popular organizativa y política -y particularmente en las juventudes- en empezar a soñar con que ese saldo organizativo de la resistencia de los 90 pueda también construir un proyecto de futuro, de país y en este caso también de ciudad; de poder generar las propias experiencias en favor de expandirlas y convidarlas al propio territorio, a los otros ciudadanos y ciudadanas”, afirma la integrante del Centro Cultural.
Además, suma otro hecho organizativo de la ciudad que aportó energía e inspiración a la comunidad organizada marplatense: “También hay que tener en cuenta que en ese mismo 2005 se realizó en Mar del Plata el Encuentro de Mujeres, que hoy es el encuentro plurinacional de mujeres y disidencias, que es parte también de todo ese núcleo de ideas que conforma el génesis de una construcción colectiva que hoy está cumpliendo 20 años pero que no nace de un repollo, que viene de esas raíces”.
Una casa del pueblo donde estaba la anses
La idea ya estaba en la cabeza de las personas: “Construir una propuesta política en forma de centro cultural; generar un espacio social y político orientado a la construcción de la participación democrática, e invitar a la comunidad a ser parte de un espacio colaborativo”. Entonces se dispusieron a recorrer la ciudad en busca del lugar adecuado. Y entre diferentes opciones, apareció un edificio de tres pisos en el centro de la ciudad. Según las personas del barrio, allí había funcionado una sede de la ANSES, pero estaba abandonado y en desuso hacía más de 9 años.
Todas estas condiciones completaron lo que parecía la estructura de una metáfora perfecta: frente a una representación literal del abandono estatal de los 90, la irrupción de la organización social para la construcción de un proyecto colectivo. Ante un acto de desidia que para el grupo encarnaba prácticamente un delito, recuperar el espacio y abrirlo a toda la comunidad era un acto de justicia y un aporte a la lucha por el cambio social.
Así, el grupo de estudiantes, artistas y militantes planificó y ejecutó la acción. Una varieté en la plaza ubicada frente al inmueble fue la actividad elegida aquel septiembre de 2006 para dar inicio a la construcción del espacio cultural. Para finalizar el evento y comenzar el sueño de la casa del pueblo, los participantes del festival se movilizaron hacia la esquina de 20 de Septiembre y San Martín para abrir las puertas del edificio abandonado y transformarlo en el Centro Cultural América Libre.
“En la Varieté del primer día que se hizo en la Plaza Rocha, se habla explícitamente de recuperar un espacio para la comunidad. Se habla también de cuestionar la forma que tiene el sistema de invitarnos a despojarnos de los espacios comunes, de los espacios comunitarios, de los espacios públicos. Entonces por eso empieza todo con un festival en la plaza, que luego termina en el centro cultural”, explica Huara Quiroga. Y agrega: “Es una invitación a esa forma de entender que se hace colectivamente, y siempre se tuvo esa conciencia de que la legitimidad se construye”.
Desocupado no es de nadie, ocupado es de todxs
La toma de posesión del espacio fue solo el comienzo de un largo camino para el desarrollo y consolidación del espacio cultural, social y político. Desde un primer momento se ganó la legitimidad de los vecinos y de gran parte de la comunidad, pero las 50 personas que lo gestionaban en asamblea debieron enfrentar y resistir intentos de desalojos, judicializaciones y cortes de luz. También realizaron guardias todas las noches durante meses, y reacondicionaron todos los salones con trabajo a pulmón.
En paralelo comenzaron las actividades artísticas y los eventos, y el espacio se llenó de alumnos y espectadores. Las salas abandonadas se convirtieron en aulas, bibliotecas, salas de teatro, espacios de circo y acrobacia, sectores para las infancias y hasta un bufet con comida y bebida para los visitantes.
Donde había escombros aparecieron libros; donde había paredes descascaradas brotaron murales; donde había oficinas abandonadas comenzaron clases de dibujo, talleres literarios y de guitarra. Donde había una esquina con un edificio abandonado y cerrado con candado, se construyó una casa con las puertas abiertas para el encuentro de todos y todas.
Pero el espacio fue más allá y buscó trascender la grilla de clases y festivales. El edificio se levantó para invitar al encuentro cultural, promover el intercambio social y el debate político por un proyecto de ciudad y de país. “Entendemos la cultura no solo como las expresiones artísticas, sino como una forma de hacer y multiplicar un nosotros, un encuentro, una forma de relacionarse como comunidad. Entonces, organizarse de manera cooperativa es parte de una cultura también popular que queremos construir: que los espacios sean accesibles, que sea autosustentable, que sea sin fines de lucro”, explica Quiroga.
“No es solamente tener talleres artísticos, sino también reuniones abiertas, debates y poder aprovechar el encuentro para construir una idea y una propuesta de futuro alternativo a lo que pretende el sistema que promueve el individualismo, la sociedad de consumo y la competencia, dando cuenta con la experiencia de que se puede construir algo distinto”.
Cultura popular, autogestiva y participativa
El América Libre basa su filosofía de trabajo en tres pilares sobre los que se ordena el concepto de cultura: popular, autogestiva y participativa. Cada uno de estos tiene sus particularidades, pero funcionan interrelacionados entre sí.
La cultura popular se refiere a un pensamiento que surge desde el pueblo. Parece una obviedad, pero Huara aclara que “a veces se confunde un poco lo popular con lo masivo; y no siempre lo masivo es popular ni lo popular es masivo”. Y desarrolla que se trata de “la expresión libre de las ideas, la praxis del diálogo, de encontrarse, de compartir, y en ese compartir encontrarnos con las expresiones artísticas. Es una red de cosas que hacen a nuestro pueblo y a nuestra humanidad”.
“Es una construcción constante y tiene que ver con la identidad de las personas expresándose y con la disputa de los pueblos libres con la noción de que la cultura es el arte de élite. Siempre se piensa desde el prejuicio que la cultura es el arte y que hay que tener cierto nivel intelectual o de vida o de consumo para tener cultura. Bueno, eso es lo que no; la cultura popular está en contra de esa concepción”.
En cuanto a la autogestión, “es la forma en la cual podemos ser productores y reproductores de la cultura”, explica la integrante del América Libre. “Podemos generar obras de teatro, una productora, ser programadores de eventos o gestores culturales. Son herramientas que tenemos como pueblo para organizarnos alrededor de la cultura”.
“Ser autogestivos también es autofinanciarnos. Los eventos que hacemos generan recursos para poder seguir haciendo más eventos y más cultura popular, se va retroalimentando. Esa es la forma de sustentar el espacio: el hecho de que no haya sponsors ni una banca política que ponga guita, hace que tengamos autonomía política, y eso es para nosotros la autogestión. No solamente la cultural, sino también vista como una forma de poder popular, de construir la propia autonomía colectiva del pensamiento y de las ideas que podemos emanar a partir de lo que se hace acá”.
Por último, lo participativo desde el punto de vista del ejercicio de la democracia. “Tiene que ver con que cada sujeto es activo dentro de su vida, y puede elegir su destino. Pero que eso no es individual, sino que es organizándose, encontrándose con otros”.
“Como podés participar de un centro cultural, también podés construir un proyecto político, un proyecto de país. El arte, la cultura y la política son las herramientas para transformar la realidad”.
Experiencia América Libre
La oferta del América Libre es tan grande y variada como el edificio. Quien ingrese al espacio se encontrará con el salón principal donde se realizan actos, asambleas y recitales; y dos cooperativas de trabajo: Mazamorra, que se encarga del servicio gastronómico, y Contratapa Cooperativa Gráfica. La escalera que desciende lleva a “El Sótano”, sala de teatro, mientras que la que sube pasa por un entrepiso que funciona como galería de arte, y se une con el primer piso donde hay aulas y oficinas de trabajo. En el último piso funcionan más aulas y un gran salón denominado “El Palomar”, donde se practican diferentes disciplinas de circo y otras actividades.
Huara afirma que “hay para hacer de todo” y, para ordenar, diferencia la fase diurna de la nocturna. Durante el día, los espacios se ocupan con talleres de teatro, música, literatura, danza, acrobacia y circo. Las aulas reciben a los docentes y alumnos del Plan Fines. También funciona Crisálida, que es un Proyecto de Extensión de la Universidad Nacional de Mar del Plata que trabaja sobre arte, intervención territorial y salud mental. Además, todos los martes al mediodía se realiza la Olla Popular Papa Francisco en la Plaza Rocha, donde personas en situación de calle se acercan a compartir un almuerzo.
“Son todas formas de trabajar el acceso a la cultura y a la comunidad. Encontrar un espacio de pertenencia, producir arte y que a nadie le falte un plato de comida. Eso también es la construcción de identidad de un pueblo democrático, que ejerce sus derechos y los promociona”.
En lo que respecta a la noche, los miércoles hay clase de tango a la gorra, que finaliza con una milonga. En el caso del folklore, se realiza la peña Levantando Polvareda, que ya tiene más de 10 años en el circuito de la ciudad. Además, todos los fines de semana hay eventos con música en vivo, donde muchas bandas locales dan sus primeros pasos en el escenario del América Libre, que ya ocupa un importante lugar en el under de la ciudad.
‘También hay algo que es muy característico del América Libre: no es solamente venir a un evento, sino cómo te recibe el mismo edificio, la experiencia de conocer un espacio recuperado, que tiene también determinadas características como la calefacción con una estufa rocket, los murales, las paredes hechas en bioconstrucción y las mismas personas que están adentro”.
Los deseos son colectivos
El Centro Cultural América Libre cumple 20 años y, como de costumbre, celebra su aniversario con un festival donde se canta, hay torta y se soplan velas. A este ritual no le faltan los deseos, “que son públicos porque son colectivos, y hay que contarlos para que se puedan construir”, indica Huara Quiroga, y aclara que en este caso “no aplica la superstición”.
En cuanto al edificio, el deseo es mejorarlo cada día un poco más para brindar un mejor servicio a todas las personas que se acercan al espacio. “Estamos muy felices porque llevamos el agua para el último piso, y ahora podemos habilitar los baños que antes no se podían usar”, celebra la integrante del centro cultural. Y lanza otra primicia: “Estamos fundando un lactario, para que quienes estén participando en alguna asamblea o laburando por acá cerca del América tengan un espacio preservado y cuidado para llevar al bebé, amamantar, cambiarlo y que juegue un ratito”.
“Otro de los objetivos en cuanto al edificio es conseguir habilitar el ascensor. Hay un hueco que ahora está tapado, pero fuimos construyendo todas las condiciones para la seguridad y la higiene, y tenemos el permiso de uso. Tenemos un montón de cosas que fuimos construyendo con el tiempo, y soñamos con tener un ascensor para que personas con movilidad reducida puedan, por ejemplo, ir al Palomar, que es el último piso, a ver una varieté de circo o cualquier otra actividad. Ese es uno de los deseos”.
Pero el América Libre piensa en grande y tiene como horizonte el cambio social. Hay objetivos presentes en el trabajo de cada día, y el aniversario se presenta como el momento ideal para refrescarlos. “Tenemos el deseo de que haya muchos América Libre en todos lados, que puedan los centros culturales ser reconocidos como tales en todo el país, como institución. Tenemos el deseo de no tener que hacer una olla popular, que a nadie le falte un plato de comida, y por eso soñamos con una ciudad y un país en el que ya no gobierne el neoliberalismo. Y en materia de derechos, tenemos un espacio que es el Punto Violeta, para acompañar situaciones de violencia por motivos de género, y el sueño detrás de eso, o por delante de eso, es que no haya más femicidios”.
Larga vida al América Libre
Durante el día talleres, aulas llenas, proyectos de extensión universitaria, ollas populares, reuniones y trabajadores organizados en cooperativa. Por la noche teatro, milonga, peña y bandas locales que hacen vibrar desde el escenario a quienes se mueven en la pista. Toda esta actividad se brinda de forma comunitaria para garantizar el acceso a la cultura popular.
El Centro Cultural América Libre da cuenta de un acumulado de 20 años de crecimiento, pero también de una resistencia donde, hasta el día de hoy, el edificio se recupera todos los días. Aquella esquina céntrica que en 2006 encarnaba el abandono estatal de la década anterior se transformó, al calor del impulso popular del “No al ALCA’, en un faro de cultura viva.
Sin duda existe un valor en el incansable esfuerzo del núcleo duro que milita cotidianamente por mantenerlo y mejorarlo, pero también hay un rol fundamental en la comunidad que lo banca y legitima desde el primer día; en cada vecino y vecina que transita sus pasillos y decide habitar el espacio colectivo.
“Se trata de eso la construcción del América Libre y estos 20 años de cambiar la realidad y de seguir apostando a esta forma de hacer política, que es realmente transformadora, que es gratificante también y representa una invitación a sentir que vale la pena luchar y que estar organizados y recuperar la política es realmente otra forma de entender la felicidad y de poder soñar con la felicidad del otro”.