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febrero 28, 2026

Gabriela Exilart: “A veces las novelas vienen de la manera más impensada”

Sus ficciones se desarrollan, en su mayoría, en contextos históricos. Los textos tienen distintos disparadores: un interés personal, algo que le cuentan o, como sucedió con su última novela, El secreto de Azucena, otro libro.

Por Camila Spoleti

Gabriela Exilart es una escritora marplatense. Ha publicado más de trece novelas, en su mayoría históricas. Además de escritora, es abogada, docente en la Facultad de Derecho y coordinadora de talleres de escritura. A pesar de desarrollar muchas actividades, siempre encuentra tiempo para dedicarle a sus textos. “Lo importante es que esté la idea”, asegura.

El secreto de Azucena

Su última novela, El secreto de Azucena, está ambientada 1872 y recupera un hecho real conocido como “la masacre de Tandil”: una matanza de 36 extranjeros en manos de criollos. La responsabilidad intelectual del hecho fue atribuída a Gerónimo Solané, un curandero conocido como “Tata Dios”, quien se adjudicaba la capacidad de realizar milagros, y de quien los asesinos habrían sido seguidores. En ese marco histórico, Exilart da vida a sus personajes y desarrolla una historia que tiene a Azucena, una mujer atravesada por contradicciones, como protagonista.

—¿Cómo apareció la idea de esta novela?

—La verdad es que a veces las novelas vienen de la manera más impensada. En el 2019 viajé a Resistencia, Chaco, a dar un taller sobre las mujeres y en relación a mi novela Napalpí: Atrapada en el viento, me habían invitado de la gobernación para el mes de marzo por el Día de la Mujer. Y en una de las presentaciones, compartí mesa con un autor que vive en Resistencia pero que es de La Plata, que se llama Juan Basterra. Y como uno siempre intercambia libros cuando viaja, él me regaló su libro Tata Dios. Me dijo más o menos de qué se trataba, y yo lo guardé. Lo guardé en mi biblioteca y nunca lo leí. Nunca lo leí, pero el libro estaba ahí y yo siempre leo lo que me regalan. A veces no es el momento, a veces es muchos años después. Y no sé por qué, en 2024 dije: “Lo voy a leer”. Entonces lo leí y vi que era crónica, que no había nada de ficción y dije: “Acá hay que poner personajes, acá hay que escribir una novela”.

—¿Suele pasarte esto, que las historias te lleguen? ¿O en general hay una búsqueda más activa?

—A veces hay búsqueda activa. No sé, cuando yo quería quería escribir sobre el norte de nuestro país, sobre el litoral, ahí apareció el tema de Los hijos de la cosecha. Anteriormente yo quería escribir también sobre el norte y surgió Napalpí: Atrapada en el viento. A veces hay una búsqueda de zona, digamos, una búsqueda geográfica de hechos importantes del pasado. Y otros llegan de esa manera, me los cuentan. La novela que estoy escribiendo, por ejemplo. Un día, una de mis exalumnas de taller, Laura Barrios, que es una gran cuentista, tiene ya dos libros de cuentos muy buenos, me pasó por Instagram varios links y me dice: “Nena, esto lo tenés que escribir vos, este tema es para vos”. Y yo lo miré, así medio por arriba, yo estaba de vacaciones, en un viaje. Dije: “Bueno, después lo miro bien”. Me siguió mandando links y cosas. Entonces entré a ver y era re potente el tema, muy interesante. Una historia de mujeres en otro país. Le dije: “No, Laura, lo tenés que escribir vos porque lo encontraste vos”. “No, no, nena”, me dice, “esto es para vos, te lo regalo, es para vos”. Y bueno. Ahí estoy, escribiendo eso. Y así van surgiendo, de distintas maneras. 

La novela histórica

Gabriela Exilart fue una de las invitadas a la segunda edición del Festival Penguin Libros, un ciclo de charlas con escritores organizado por la editorial Penguin que se realizó entre el 12 de enero y el 4 de febrero en el Centro Cultural Villa Victoria. Entre los autores que participaron del ciclo, hubo también otros autores de novela histórica como Daniel Balmaceda y Viviana Rivero, cada uno con un modo particular de entender y abordar la relación entre historia y ficción.

—¿En tu caso el contexto histórico es un marco para desarrollar la ficción?

—No tanto. Quizás al principio sí, yo quería contar una historia romántica y la ponía en un contexto histórico determinado. Hoy me pasa al revés, me interesa más contar el hecho histórico, sin ser historiadora, que la historia romántica. La historia romántica se da de la mano del contexto que estoy contando, porque bueno, el amor y desamor es parte de la vida. Hoy incluso me cuesta más armar la historia romántica.

—¿Te parece que tus lectores esperan historias de romance? ¿Sentís algún tipo de presión en torno a eso?

—No es una presión, pero yo me pongo en la cabeza del lector de novela romántica. Cuando yo quiero leer una novela romántica, quiero un final feliz. Pero no sé si quiero que mis libros sean eminentemente una novela romántica, porque de hecho me parece que no lo son. Entonces, a veces estoy ahí con que la historia romántica hay que terminarla bien y me debato en eso. De hecho, la novela que estoy escribiendo ahora, que está compuesta de tres partes, la parte uno, que ya la terminé, no tiene final feliz. La parte dos, no sé si va a tener final feliz. Por ahí la parte tres tiene por ahí, no lo sé. Lo estoy pensando porque bueno, también tengo que ser fiel a mí misma y escribir lo que me hace feliz. Entonces, bueno, estoy ahí, creo que es una etapa de transición.

—¿Siempre te interesó la novela histórica? ¿Quiénes son tus referentes en el género?

—En realidad a mí nunca me gustó la historia. En la escuela era un bodrio la historia, no me gustaba. Leía novelas románticas con ambientación histórica, pero de historia inglesa, porque no llegaban acá muchas lecturas sobre historia argentina. Y como realmente no aprendí mucho historia argentina, porque no me gustaba, cuando empecé a leer novela romántica histórica argentina, que lo primero que leí fue de Florencia Bonelli, dije: “Ay, así sí me gusta la historia”. Aprendí un montón de cosas. Con Cristina Bajo también, todo lo que escribió Cristina lo leí. Y yo tenía escritas algunas novelas, pero eran románticas contemporáneas, tenía novelas policiales y ahí es como que dije: “Ah, puedo yo también salir de lo policial, salir de lo contemporáneo e investigar algún hecho histórico que a mí me atrape, me desvele”.  Y ahí empecé a buscar otro estilo, otra forma de escribir. Ellas fueron mis inspiradoras.

Acumular y desempolvar

Lo que sí le interesa desde siempre, cuenta Exilart, es la escritura. Este verano terminó de mudarse y halló, en medio del traslado, cajas con textos producidos durante su infancia y adolescencia. Su primera novela, escrita a los 14, primero a mano y luego mecanografiada; un libro de poemas con tapas hechas con cartón de cajas de ravioles; una historieta que escribió a los 16 para enviar a un concurso de la editorial Columba. “Era una historia del VietCong, no sé por qué escribí eso”, dice entre risas.

Gabriela Exilart admite ser acumuladora. Esa manía quizás tenga que ver con su trabajo de escritora. Guardar material para revisitar y, en una de esas, encontrar algo que pueda convertirse en literatura.

 

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