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mayo 25, 2026

Todo empezó en Mar del Plata: el origen de Facundo Campazzo

El base de la selección argentina, con paso por la NBA y figura actual del Real Madrid, evoca sus primeros pasos como profesional en Peñarol, donde llegó con 15 años sin imaginar lo que vendría.

Por Florencia Cordero

Antes del reconocimiento internacional, antes de Europa y de la NBA, Facundo Campazzo fue un chico que llegó a Peñarol de Mar del Plata con más incertidumbres que certezas. No hubo un plan diseñado al detalle ni una carrera proyectada con precisión. 

Su desembarco en la ciudad fue, incluso, circunstancial. “Fui medio en paquete”, recuerda sobre aquel viaje desde Córdoba, al que había ido acompañado por otro jugador que finalmente no se quedó. Él sí. Porque alguien, en ese entorno competitivo, vio algo que todavía ni él mismo terminaba de reconocer. El gran formador Osvaldo Echevarría se dio cuenta enseguida.

Ese primer paso, que hoy puede leerse como el inicio de una carrera extraordinaria, en su momento estuvo atravesado por una lógica mucho más simple. La decisión de irse a Mar del Plata no estuvo sostenida por una presión desmedida ni por una urgencia por triunfar, sino por una oportunidad abierta. 

Mi vieja me dijo: ‘andá, probá, y si te va mal volvés’”, cuenta. En esa frase hay una clave profunda: la posibilidad de fallar como parte del camino. Esa tranquilidad, poco habitual en procesos de formación, le permitió instalarse en un club exigente como Peñarol sin la carga de tener que demostrar todo de inmediato, enfocándose en aprender, entrenar y adaptarse a un entorno completamente nuevo.

En ese contexto, su objetivo inicial estaba lejos de la élite. Campazzo no llegó pensando en la Liga Nacional ni en una proyección internacional. Su meta era concreta y cercana: competir en la Liga Junior, medirse con los mejores de su edad y entender hasta dónde podía llegar. Esa mirada, más ligada al proceso que al resultado, terminó siendo determinante. Porque mientras otros caminos se construyen desde la obsesión, el suyo empezó desde la experiencia. “Fui con la cabeza de ver qué pasaba”, explica, y en esa frase se sintetiza una forma de atravesar el deporte que luego se mantendría a lo largo de su carrera.

Pero en Mar del Plata todo se aceleró. Lo que parecía ser una etapa de crecimiento progresivo cambió de ritmo por una situación inesperada: el retiro inesperado de Sebastián “Tato” Rodríguez, uno de los referentes del equipo. Ese vacío generó una oportunidad que no estaba en los planes y que terminó cayendo en manos de un jugador que todavía estaba dando sus primeros pasos. “Con 17, 18 años empezar a ser titular es mucha responsabilidad”, reconoce. Sin embargo, en medio de esa exigencia, encontró un mensaje que funcionó como sostén: no intentar reemplazar a nadie, no copiar, no forzar una versión que no era propia. “Me repetían todo el tiempo que no tenía que ser Tato, que tenía que ser yo”.

Esa idea, simple pero contundente, fue clave para atravesar el momento. Porque en lugar de achicarse ante el contexto, Campazzo encontró en su propia identidad una forma de sostenerse. Y ahí apareció uno de los rasgos que marcaron su inicio en Peñarol de Mar del Plata: la manera de jugar sin calcular demasiado lo que estaba en juego. “Tenía una inconsciencia que me ayudó muchísimo”, dice. Esa falta de peso sobre los hombros le permitió soltarse, competir con naturalidad y construir desde lo que sabía hacer: energía, presión defensiva, intensidad y una entrega constante en cada minuto que le tocaba en cancha.

En ese equipo, rodeado de jugadores con experiencia, su crecimiento también encontró un contexto que lo acompañó. La responsabilidad principal recaía en otros, y eso le dio margen para desarrollarse sin quedar expuesto de forma extrema. Pero cada oportunidad tenía una lógica clara. “Quería que, cuando me saquen, estar muerto. Haber dejado todo”, explica. Más allá del resultado o de las estadísticas, su foco estaba puesto en el esfuerzo, en lo que podía controlar, en la manera de competir. Ese enfoque, que empezó a tomar forma en Mar del Plata, se convertiría con el tiempo en una de sus principales señas de identidad.

Ese recorrido que empezó en Peñarol también dejó marcas concretas: títulos en la Liga Nacional, una Liga de las Américas y la sensación de estar siendo parte de algo grande incluso cuando todo recién empezaba. Con los años, ese mismo chico llevó su juego al máximo nivel: ganó la Euroliga con el Real Madrid, llegó a la NBA con Denver Nuggets y fue protagonista de la selección argentina subcampeona del mundo en 2019, entre tantos otros logros. Pero en medio de todo ese camino, hay algo que no cambió. Porque antes de los títulos, antes del reconocimiento y antes de que el mundo lo mirara, hubo una ciudad, un club y una oportunidad. Y en Mar del Plata, sin saberlo, Facundo Campazzo empezó a convertirse en el jugador que es hoy.

Mirado en perspectiva, Peñarol no fue solamente el lugar donde Campazzo empezó a jugar en un nivel más alto. Fue el espacio donde comenzó a construir su manera de entender el básquet. Ahí aprendió a convivir con el error, a aceptar las críticas, a sostener una identidad incluso en contextos de presión y a valorar el proceso por encima de los resultados inmediatos. “Nunca estuve obsesionado con llegar. Era vivir el momento y aprender”, resume.

Y tal vez por eso, cuando se repasa su carrera, el origen no aparece como un simple dato biográfico. Aparece como una clave. Porque en Mar del Plata no solo empezó a jugar: empezó a ser el jugador que después el mundo miraría con admiración.

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