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junio 3, 2026

“Sentía que nadie me creía”: la historia de una sobreviviente de violencia de género

A. denunció haber sufrido una brutal agresión en Mar del Plata durante 2025. Más de un año después, reconstruye en primera persona el miedo, las dificultades para ser escuchada y las marcas que dejó su recorrido por las instituciones.

Por razones de protección de su identidad, esta nota preserva el nombre de A., la protagonista. El relato, en primera persona, corresponde a hechos ocurridos en Mar del Plata durante 2025.

El momento en que decidí hacer la denuncia no fue después de un solo episodio. Fue después de muchas situaciones de violencia, de muchas veces de ir y volver, de intentar entender algo que mi cabeza no podía comprender. Hasta que ocurrió un hecho puntual.

Ese día, después de una tarde de muchísima violencia física, de golpes y agresiones, él tomó una toalla, me la pasó por el cuello y comenzó a hacer fuerza. Yo sentía que quería matarme. Estaba completamente fuera de sí.

Mientras todo eso ocurría, alcancé a llamar a mi mamá. Lo único que pude decirle fue que llamara a la Policía. Después él me quitó el teléfono y siguió con la agresión. No tengo dudas de que si la Policía no llegaba en ese momento, hoy yo no estaría contando esta historia.

Después de eso decidí denunciar. No sabía cómo hacerlo, pero sabía que no quería volver a vivir algo así y tampoco quería que otra persona tuviera que atravesarlo. Yo no era la primera.

Esta persona ya tenía denuncias previas, antecedentes en otra provincia y una larga historia de manipulación y violencia. Yo fui una más dentro de una secuencia que venía de mucho antes.

Cuando llegó la Policía, me encontró llena de golpes, con moretones, lesiones en la cabeza y con la marca de la toalla todavía visible en el cuello. Sin embargo, lo que más recuerdo de ese momento es la sensación de que nadie me creía.

Cuando los policías ingresaron al departamento, él dejó inmediatamente de agredirme y comenzó a actuar como si nada hubiera ocurrido. Decía que la que se había vuelto loca era yo.

Nos separaron. Yo estaba en estado de shock, no podía hablar. No entendía nada de lo que estaba pasando. Estaba sola, mi mamá lejos, en otra provincia. Lo único que sentía era un cansancio enorme y la necesidad de que alguien me ayudara.

Recuerdo pedirles que me devolvieran mis cosas porque él intentaba llevarse objetos personales y mi teléfono. Los policías lograron recuperarlo, pero yo seguía sintiendo que nadie dimensionaba lo que acababa de ocurrir.

Era una escena de terror. La única certeza que tenía era que había sobrevivido.

Días después fui a realizar la denuncia en la Comisaría de la Mujer de Juan B. Justo. Ahí sí encontré personas que me escucharon. Recuerdo especialmente a una mujer policía que me atendió sin juzgarme, me hacía preguntas para entender lo que había pasado y buscaba ayudarme. En ese lugar me sentí escuchada.

Pero yo ya había perdido la confianza en todo. Estaba descreída de la Policía, de la Justicia y de cualquier institución que pudiera protegerme.

Con la Fiscalía comenzó otra etapa: mi sensación permanente fue que tenía que insistir, explicar una y otra vez, pelear por mi verdad y reunir pruebas por mis propios medios. Sentía que debía convencer a todos de que lo que contaba había sucedido.

Busqué médicos, documentación y antecedentes. Incluso localicé a un profesional que lo había tratado durante años porque necesitaba demostrar quién era la persona que me había atacado. Tenía la sensación constante de que nadie creía en mí.

Y eso ocurría aun cuando existían lesiones constatadas por el Cuerpo Médico Forense. Lo más doloroso fue que tres o cuatro días después de la agresión tuve que levantarme de la cama para concurrir al examen médico.

Todavía tenía el cuerpo destruido física y emocionalmente. Las marcas más evidentes ya habían comenzado a desaparecer. Lo que quedaba eran petequias, hematomas y rastros de la violencia sufrida. En ese momento sentí que fui tratada con una enorme frialdad.

La sensación era que todo debía encajar perfectamente dentro de una prueba material para ser creído. Y yo sabía que había estado a punto de morir.

Muchas veces pensé que si hubiese tenido cámaras de seguridad dentro del departamento, esta historia habría sido diferente. Si hubiera existido una grabación de lo ocurrido aquella tarde, él no habría recuperado la libertad. Pero no la había.

Y entonces sentía que mi palabra debía luchar sola. Esa es, todavía hoy, una de mis mayores críticas al sistema.

No tuve recursos económicos para contratar abogados particulares, peritos o profesionales que me acompañaran durante todo el proceso. Mientras él tenía una abogada defensora, yo no tenía quién me asesorara.

Meses después recuperó la libertad. Hasta hoy no logro comprender cómo una persona que intentó quitarme la vida puede estar libre.

No sé qué fue de su vida después. Yo elegí alejarme, volví a mi provincia e intenté empezar de nuevo. A pesar de todo, también encontré personas que me ayudaron.

Quiero agradecer especialmente al Centro de Atención Judicial Gratuita ubicado en Brown. Cuando decidí iniciar el trámite de divorcio, acudí allí porque no tenía recursos para afrontar un abogado particular.

Me escucharon, comprendieron mi situación y me asignaron asistencia legal gratuita. Gracias a ellos pude comenzar el proceso para separarme legalmente de quien fue mi agresor.

Siempre me atendieron con respeto y sensibilidad. Eso es algo que nunca voy a olvidar.

Porque una mujer que atraviesa una situación de violencia extrema queda en un estado de vulnerabilidad difícil de explicar. Recuerdo que durante mucho tiempo ni siquiera podía hablar de lo ocurrido.

Hoy, más de un año después, todavía siento dolor al recordarlo. Pero también siento que contar esta historia forma parte de mi proceso de sanación.

Y si algo quiero que quede claro es esto: yo sé lo que viví. Sé que sobreviví.

Y sé que, si la Policía no hubiese llegado aquel día, hoy no tendría la oportunidad de contar mi historia.

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