septiembre 3, 2026

La pluma sagrada, por Rubén Darío

Por Alberto Di Francisco

No mucho tiempo atrás, en un viaje que realicé a Buenos Aires, tuve la oportunidad de reunirme con un escritor -al que previamente había entrevistado online por mi trabajo- con el que pude compartir un café y una charla. Entre los varios temas que compartimos esa tarde, en cierto momento el escritor hizo notar la importancia -casi fundacional, según su opinión- de la biblioteca en la casa de nuestros padres, de cómo su presencia, en cierto modo, nos predisponía al amor por la literatura o, cuando menos, a sentir como grata la cercanía de las letras. Yo dije que sí sin apenas un atisbo de duda, casi mecánicamente. No mentí -lo aclaro-, sólo que en ese momento no me detuve a sopesar el verdadero alcance de mi afirmación. Anoche soñé con mi padre, él estaba sentado, con la biblioteca a su espalda; por eso hoy retomo ese recuerdo y ese pensamiento, y puedo afirmarlo otra vez, pero ahora con un convencimiento más profundo. Lo resumiré así: yo era muy joven -promediaba la adolescencia- cuando me acerqué con determinación a la numerosa biblioteca que cubría toda la pared del fondo del estudio de dibujo de mi papá. Como buen adolescente, yo adolecía en esa crisálida donde aún no dejaba de ser un niño pero todo me empujaba a ser un joven; había conocido el amor y lo había visto irse, entonces necesitaba encontrar cómo expresar ese vasto mundo interno. No necesitaba hacerlo para los demás, claro; necesitaba antes explicármelo a mí mismo (como suele ser la función primordial del arte). Ahí me encontré con las palabras, las ideas y las músicas que dormían en esa biblioteca, o, para mejor decir, pude verlas ahora desde una nueva óptica. Entre las tantas lecturas que acometí en ese entonces, fui a dar con un viejo y grueso volumen: las Obras Completas de Amado Nervo (ejemplar heredado de la biblioteca de mi abuelo Antonio). Ojeando aquellas hojas gastadas y de un marrón claro me encontré con un sentido poema que el vate mexicano le dedicaba a su maestro y amigo, el poeta Rubén Darío, quien acababa de fallecer. Ahí me topé con las palabras nuevamente, pero ahora de la boca de Darío y -entre tantas otras genialidades del poeta- con su obra El salmo de la pluma.

El poeta

Hablar de este escritor y periodista nicaragüense (1867-1916) es establecer un inmediato paralelo con las letras, y más específicamente, con la poesía, claro está. Darío es considerado el fundador de ese movimiento que revolucionó las letras hispanas, que trajo aires de libertad a la expresión escrita, que ensalzó la belleza y la musicalidad en pos de una teleología del arte como consumación del hecho estético, más que como una mera representación del mundo. Este movimiento fue el Modernismo, y Darío -junto con esa otra enorme figura literaria que fue Nervo-, asi como ofició de diplomático de su Nicaragüa natal por el mundo, se convertiría también en embajador cultural, llevando a Europa, EEUU y varios países de América del Sur la bandera de las letras latinoamericanas, y enriqueciéndolas a la vez en su contacto con estas culturas. Tales experiencias hacen que Darío vaya integrando a su bagaje cultural y artístico nociones más amplias, aquilatando nociones y expresiones de distintas corrientes literarias -como con el simbolismo y el parnasianismo-, que a posteriori resultarán en nuevas imágenes y musicalidades a su praxis literaria.

Si bien muchos críticos establecen la publicación de su libro de poemas Azul… (1888) como el inicio, otros ven en El salmo de la pluma ese paso definitivo que Darío da desde el Romanticismo hacia la inauguración del Modernismo. Lo seguro es que el 14 de marzo de 1889 el periódico El Eco Nacional (León, Nicaragüa) da inicio a la publicación de El Salmo de la pluma, una extensa composición en verso que el jornal irá dando a conocer por entregas. La obra (iniciada posiblemente al regreso de un viaje del poeta por América del Sur) tiene la particularidad de contar con un tono marcadamente bíblico, en poemas escritos a la manera de los salmos. Para acentuar este perfil, Darío le asigna a cada una de las 20 publicaciones, a modo de título, una letra del alfabeto hebreo, que irán desde la letra Aleph hasta Resch.

Estructuralmente, cada entrega del poeta se encuentra escrita en forma de sextetos de rima consonante, usando, para cada uno de los dos tercetos que la componen, versos alejandrinos en sus dos primeras líneas, y rematados de un hexasílabo, verso con el que sin dudas acentúa el tono sentencioso de su declamación. Dedicada «A España, Madre Patria», El salmo de la pluma es una inmensa y magnífica loa a la literatura, una loa a la pluma como símbolo universal de la escritura, pero de la escritura que funciona -más allá de lo básicamente comunicacional- como herramienta de redención del ser, como vía de liberación de una humanidad que, ante el arma, elige el arte. Pero El salmo… es también una inmensa loa a la tarea de la Prensa, una loa al Periodismo y a la libertad de expresión; de cuando la pluma se convierte en una «lanza» y una voz que denuncia las injusticias del mundo y las combate. La obra en sí, rebosa de ardoroso tono profético, que advierte y sentencia, sí, pero que no deja de ser también, en ningún momento, un sentido y profundo canto de esperanza.


Un poema


La entrega escogida para la presente nota (la n.º 8) es la que lleva por título la letra hebrea Heth, octava letra del alfabeto griego, cuyo significado se abraza con la idea de vida y de trascendencia. 

HETH

¡Ave, flechero Arcángel!… Detrás de ti se extiende

el infinito espacio donde la luz enciende

su llama y su arrebol.

Tú tienes, a los ojos sedientos del poeta,

por arco el iris bello, por mágica saeta,

un rayo del gran sol.

Rejuvenecimiento de la mirada tuya.

Por ti suben el éter Hossana y Aleluya;

por ti temblando están

las cuerdas que el gallardo David pulsa y requiere,

después que arroja su honda la piedra con que hiere

la frente del Titán.

¡Ave, flechero Arcángel! En la nocturna sombra

tu vuelo nos alienta, tu vista nos asombra…

Vense, a través del tul

de tu flotante veste, las rosas argentinas

que sienten, todas trémulas, las ráfagas divinas

en el jardín azul.

Huyen a tu presencia, sobre los altos montes,

los aquilones bruscos, cual tropa de bisontes

que huyendo el fuego va.

Tu formidable brazo hiere el aire sonoro,

la ira de tus dardos, en tu carcaj de oro

relampagueando está.

Desde esta pieza poética Darío alienta y ensalza con su canto al Portador de la Pluma, saludándolo con la locución latina “Ave” (expresión que se utilizaba para saludar a los emperadores romanos) y describiéndolo a continuación como un «flechero Arcángel», imagen que refiere a un espíritu superior que encarna la tarea divina de traer la luz con la palabra, de guiar al hombre por ese camino, ante la violencia y las injusticias del mundo. Si bien durante el poema el escritor no asigna las cualidades a una u otra figura en particular (periodista, poeta, escritor, etc.), su canto quiere abarcar a todo el que trabaja con la palabra, a todo el que ve en ella una herramienta sagrada, que la siente como la magna senda que nos conduce a destinos mejores y más claros, de entendimiento y de belleza, trascendiendo el -muchas veces cruel e injusto- mundo que nos rodea. De esta forma, hace divina la tarea del que labora y cree en la palabra, porque ella es camino, horizonte y norte a la vez. Aquí, la cualidad de “flechero” tiene una relación mitológica, siempre que Cupido es quien al acertar sus flechas despierta el amor y la pasión, pero aquí dirigida hacia quien habita las tierras de la escritura y tiene en ella “por mágica saeta, un rayo del gran sol” (Dios, lo supremo, la Verdad). Es de observar cómo en todo momento Darío da una importancia cabal y trascendente al oficio de las letras, porque tanto informando (periodismo) como cantando (escritor, poeta) la palabra ahuyenta los aquilones de lo caótico, disipa las sombras de la ignorancia, es nota musical que puebla el aire, que nos eleva (a través de la belleza), y nos hace vislumbrar aquel “jardín azul” (el pensamiento, el conocimiento, la intelectualidad). 

La extensión que El salmo de la pluma despliega en su veintena de entregas, lamentablemente no permite compartirla de manera completa en el reducido ámbito de estas páginas. Lo mismo sucede con la vida y demás obra de su autor. Pero baste lo expuesto como un claro ejemplo del aire que respira toda la composición, del tono y del objeto de su ser; baste lo expuesto, sobre todo, como sugerencia, como indicación de un rumbo, como humilde invitación a descubrirla, dado que es una obra de relevancia que, en cierto modo, ha pasado desapercibida para muchos. 

Cierre

La charla que hace unos años mantuve con aquel escritor, y el mencionado comentario que me hizo entonces, vino hoy a mí como una brisa cuando desperté y recordé el sueño con mi padre, que me hablaba, sentado en su escritorio, con la pared de libros detrás. En ese tiempo sin tiempo que tienen los recuerdos, reviví la sensación del feliz hallazgo en la biblioteca de mi casa, de nuevo fue mío el olor de los libros viejos, el gesto de mi padre, y el sereno ambiente de su estudio de dibujo; vino –”atropellando siglos”, diría Nervo- de nuevo mi linda adolescencia, el aroma del verano, y aquel sabor primero de las letras y del descubrimiento de la música que estas desprenden al tocarse. En ese tren de recuerdos, Darío fue el vehículo para la presente nota. 

¿Qué cosa es escribir, sino el volver a recuperar esas sensaciones, como una brújula interna y un Norte emocional? La palabra escrita retiene un poco más las cosas que el tiempo se lleva en su ineludible e incesante tránsito, pero también la palabra siempre inaugura mundos nuevos. Por eso la pluma es sagrada. 

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