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agosto 3, 2021
Lo de Allá

Algoritmos y cultura: un matrimonio complicado

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Por Remigio González.

Si no conocés a Stephen Fry deberías sentirte avergonzado. El hombre inglés ordena las palabras más o menos como Miguel Ángel dibujaba traseros desnudos en la Sixtina. Dentro de la mescolanza creativa del británico, que incluye prosa, poesía, biografía, ficción, ensayo, error y ensayo de nuevo, llegamos a sus trabajos finales, los últimos que llegan a nosotros. Fry escribió Mythos, Heroes y Troy, una trilogía donde narra y explica la antiquísima mitología griega, y cómo conocerla nos da pistas de nuestro hacer cotidiano dos mil y pico de años después.

Particularmente en Mythos, Fry toma el mito de la caja de Pandora, y elabora una metáfora. En 1989, cuando las computadoras empezaron a conectarse y a hablar entre sí, Fry vio en esta infantil internet el mayor avance comunicacional de la historia de nuestra especie. Esta comunicación sin barreras guillotinaría la ignorancia, el racismo, el tribalismo, la discriminación. Pero algo pasó en medio, porque quien surfee unos minutos por la web descubrirá que si algo hizo el internet fue estimular esas horribles actitudes frente a la vida. Ante ustedes la metáfora: Etimológicamente, Pandora significa con todos los dones; “all gifted”, y es lo que el internet prometía. Pero si el internet es la caja de Pandora (donde caja es una mala traducción de ánfora), entonces no faltaría mucho para que alguien la abra. Al levantar la tapa, abren sus alas todos los trolls, mentirosos, malos y malísimos, y encuentran una nueva plataforma para desparramar su malicia.

En conclusión, no podemos tener la cara de la moneda sin también tener la cruz. La libertad e independencia que nos da el internet viene en combo con papas grandes y gente con intereses oscuros. Más o menos de igual manera, pero sin declarar quién es el bueno y quién el villano, los servicios de streaming on demand, las redes sociales y los portales de internet están firmemente ensamblados en una red de algoritmos, cálculos y aparatos de explotación marketinera. Esos sistemas automatizados de recolección de datos, además de afinar y optimizar las publicidades para mejorar su efectividad, modifican y alteran qué contenidos consumimos. Nuestra dieta cultural está atravesada de forma determinante por esos algoritmos y esas plataformas, y ni Cormillot ni nadie están muy seguros de qué podemos hacer.

¿Y entonces?

Para determinar si los algoritmos son colesteroles de los buenos o de los malos, le pedí ayuda a Alan Porcel, autor del newsletter Máquina Extraordinaria, que todos los jueves recibo en mi correo y me cuenta sobre medios digitales, contenidos y plataformas. Además, Alan nos cuenta sus idas y venidas en lo profundo de la caja de Pandora: Creo que cada plataforma es un mundo distinto y, justamente, un algoritmo distinto. Hay algo que a esta altura ya es bastante conocido y es que los contenidos que se nos presentan son aquellos con los que más interactuamos”, comienza Porcel delicadamente. A su vez, conviene aclarar que cada plataforma no cuenta con un algoritmo, el algoritmo, si no que cada empresa convive con una red de cálculos y transferencias de datos que operan de forma distinta y, muchas veces, independientes unas de otras.

Perdón Alan, te interrumpí:“Por esto es que muchas veces terminamos en una burbuja de cosas que solo nos gustan, o nos irritan y nos hacen reaccionar. En ese sentido creo que hay una dirección hacia nuestros comportamientos”. Entramos aquí en la parte jugosa del solomillo. Ya sabemos que las plataformas on-demand y las redes sociales traccionan y transaccionan con nuestra atención, un bien que solíamos prestar, pero que ahora vendemos. Se suma una nueva capa de complejidad al notar que los algoritmos que dominan esos espacios también determinan qué vemos y qué no. 

“YouTube tiene un poco de eso de mostrarnos cosas que puedan ser de nuestro agrado porque son parecidas a otras que ya vimos. Yo caigo constantemente en el módulo de recomendados que aparece en la home de la plataforma y, como se explica en el documental The Social Dilemma, eso refina aún más los algoritmos que me van a seguir mostrando contenido afín”. Esa es la primera pata de la discusión. Aunque misteriosos, sabemos que los algoritmos nos recomiendan cosas basadas en nuestro comportamiento digital. Cada like, cada comentario, e incluso el tiempo que pasamos viendo una publicación es un canal de información importantísimo, que alimenta las maquinarias, y nos devuelve una recomendación. Vivir y convivir en este círculo de cosas que si o si nos gustan no hace más que empobrecer nuestro consumo cultural, y nos quita la posibilidad de que algo que vemos no nos guste. 

“Netflix es una empresa que tiene un porcentaje de mercado muy grande ganado y que ofrece una plataforma super eficiente y ya conocida por la gente. En ese sentido creo que es parecido a lo que pasaba con las películas que veíamos en la TV el siglo pasado: las mirábamos porque estaban ahí, no porque las eligiéramos. Hoy Netflix es un poco eso, un verbo más que una plataforma.” Ahí está la segunda pata. El maremoto de series españolas que llegó a nuestro puerto cultural hace unos años a través de la gran N pone en evidencia que no somos tan libres como creemos a la hora de poner play. Las series están buenas, lo admito. Pero que nos llegue contenido extranjero, todo junto, muchos años después de que se produjo, y que sea un éxito mundial no puede ser una jugada inocente de varios millones de smarts que se sincronizan para ver lo mismo. Nada funciona así. Tuvo que haber un filtro, un tamiz que dejó pasar estos contenidos, mientras retuvo a muchos otros en sus redes de pesca. Y esos que quedaron atrapados todavía no nos llegaron. 

Algoritmos como estudio de mercado

Nuestra mesa ahora tiene dos patas. Agreguemos la tercera para que no baile. Hablemos de los targeted ads, las publicidades dirigidas exclusivamente a vos: “Actualmente falta mucho de educación digital para que la gente entienda realmente cómo está funcionando ese negocio en internet. El Estado no puede mirar para otro lado por una cuestión de privacidad y por una cuestión de monopolios. Unas pocas empresas tienen cualquier cantidad de datos sobre nosotros, creo que no entendemos realmente el poder que eso significa”, explica Porcel, probablemente con un poco de sudor en la frente. Como dijimos, cada interacción, e incluso la ausencia de ella, es información que se computa para dirigir nuestro consumo dentro y fuera de las plataformas. En The social Dilemma, documental obligado para empezar a entender la influencia de los algoritmos, proponen una especie de medidor de cuánta data personal almacenan las grandes plataformas, y una tarifa acorde. Cobrar por cada dato obtenido limitaría su almacenamiento excesivo, y transformaría nuestra relación con los contenidos. Es solo una idea mezclada entre muchas otras.

Podría tapizar todo mi departamento con toda la tela que me queda para cortar, pero los caracteres me aprietan el cuello. Voy cerrando. Una vez Sábato escribió que cuando le explicó la relatividad de Einstein a un amigo, exactamente en el momento final de la explicación, la relatividad dejó de ser lo que era. Con los algoritmos pasa algo parecido. Justo cuando creemos entenderlos, cuando le contamos cuántas plumas tiene y de qué colores son, es ahí cuando mutan, cambian, se transforman. También sabemos que esa mutación está planificada y determinada por algunos señores de traje, que en muchas circunstancias son sensores y censores de qué se está mirando, quién lo está mirando, por qué lo está mirando. 

Si te gustó esta nota, te recomiendo que sigas leyendo las notas firmadas por Remigio González, que soy yo, y hoy decido ponerme el traje y ajustarme la corbata.

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