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diciembre 5, 2022
Deportes

Un reloj de arena

De movilizar el centro de la ciudad a recorrerla de punta a punta para el tan esperado debut mundialista. Así se vivió el primer partido de la selección en Qatar.

Por Juma Lamacchia – Corresponsal

DOHA, QATAR – Las calles céntricas de Doha tomaron color albiceleste y transformaron las paredes árabes en un telar de pasión por varias horas. El sol iluminaba el camino a seguir mientras desde los alrededores del pulmón de hinchas argentinos que se encontraban en el reloj de arena que llevó adelante la cuenta regresiva para el comienzo del mundial, en Corniche. Ahora era nuestro turno.

Los banderazos previos a los partidos (o en alguna situación de apoyo) colaboran con la compañía necesaria a miles de kilómetros de tu casa y ante la incertidumbre visualizar que “no fuiste vos sólo al que se le ocurrió venir hasta acá”, y sentís que verdaderamente hay una lectura en común entre todos. Se calcula que más de 35.000 argentinos llegaron para alentar a la selección y durante el fin de semana se pudo notar una gran diferencia de grupos que aterrizaron con respecto a los días anteriores.

Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar

El reloj de Corniche marcaba las 12 del mediodía y el sol también lo hacía. Miles de hinchas se acercaban, comenzaban a grabar con sus celulares y a entonar las canciones que los mismos jugadores tomaron como propias. El fenómeno del hincha argentino recorre el mundo y no es algo nuevo, por eso, otros miles de extranjeros rodeaban a la masa que sumaba bombos y redoblantes para que la fiesta sea completa.

Ante la inminente llegada de más público, el banderazo tomó recorrido. Las calles de Doha que rodeaban el Souq Waqif, el tradicional mercado céntrico en que se encuentran locales de recuerdos, ropa, artesanías, restaurantes y punto estratégico de hinchas de todo el mundo, colapsaban ante el paso de banderas celestes y blancas con la cara de Diego o de Messi. 

El hincha que viaja a un mundial tiene ciertas diferencias con el estereotipo del hincha argentino. De por sí la mezcla de pasión y amor es distinta a la de tu club, ni mejor ni peor, distinta. Las canciones son pocas, en época de viralización instantánea es más fácil reconocerlas, y van cambiando mundial a mundial. Camisetas de todos los clubes, gente de todas las edades, familias, grupos de amigos, y el fútbol argentino en lo más alto. Comenzó nuestro mundial.

Cuatro y media de la tarde en Doha y el sol comienza a desaparecer, por un lado, el alivio de que la temperatura descienda unos grados, por el otro, ya pasaron un par de horas y el público sigue movilizándose y cantando por la selección. Se hacen presentes canales de televisión de todo el mundo y las piernas parecieran que nunca se cansan. Al otro día juega Argentina, el modo ya está activado y qué mejor para bajar la ansiedad que sostenerte a los abrazos con un desconocido en la ola de la hinchada más linda del mundo. 

Arena movediza

Desde las 8 de la mañana del martes todo Doha estaba preparado y a la espera del debut del equipo de Lionel Messi. El estadio Lusail de 90.000 personas recibe con un sol radiante a la una del mediodía al mejor jugador del mundo. Que no estará solo. Por eso, la línea roja del metro que recorre de norte a sur la ciudad y los micros especialmente puestos para ir al estadio desde distintos puntos comienzan a llenarse. La boulevard de Lusail se tiñe de celeste y blanco y permite el acceso a pie de todos los hinchas, pero Arabia tenía guardada su sorpresa. 

Música, shows, fotos, y todo el circo que el evento ofrece. El estadio es inmenso, hay que subir escaleras y pasar scanners, pero ya hay música de fondo y el clima está totalmente mundializado. Los jugadores salen a hacer la entrada en calor con La Mano de Dios de fondo, suenan los himnos, la emoción ya es irreversible, ya nada depende de nosotros. Me siento un poco más pequeño, la butaca y el aire acondicionado me invitan a disfrutar del partido. Bueno, disfrutar.

El inconsciente colectivo guarda en su memoria los momentos de tristeza más recientes. Sin ir más lejos, un mundial atrás. Cuatro años y medio. De la misma manera, ante un rival débil, Messi tiene un penal. De aquel errado con Islandia, que abrió el túnel del fracaso, al gol en Doha contra Arabia a los 10’. La sensación de Rusia parece pasar de página.

El segundo tiempo nos pegó dos veces apenas destapábamos el agua (no venden cerveza en los estadios, sino por ahí la pasábamos más rápido todo) y las miradas se perdían entre el sol que desaparecía y las banderas verdes que no paraban de flamear. La sensación de Rusia, volvía una página atrás.

Arabia había hecho lo suyo, adentro y afuera de la cancha. De las 88.000 personas presentes, Argentina tuvo a la minoría. Me encantaría decir que todas las camisetas celestes y blancas alentaron y disfrutaron del encuentro. Me encantaría decir que todas las camisetas celestes y blancas querían que gane Argentina. Me encantaría decir que todas las camisetas celestes y blancas eran de Argentina. Y me encantaría decir que la tengan puestos argentinos. De repente, a la multitud árabe que ensordecía con sus gritos, los extranjeros, con la 10 de Messi en su espalda, celebraban y disfrutaban la hazaña realizada por el seleccionado de Arabia Saudita. La imagen era desoladora, de repente, la soledad desesperaba. 

El tiempo se transformó en un reloj de arena, controlado por los jugadores árabes. El tiempo en Doha se transformó en un reloj de arena, que depende de nuestros jugadores de darlo vuelta para quedarnos hasta el final. Tiempo, es lo que no se tiene en un mundial.

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