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mayo 25, 2026

Gabriela Exilart publicó “Tierra herida” una nueva novela situada en Tandil

El relato recupera personajes de su libro anterior para narrar los conflictos laborales de la cantera Cerro Leones a principios del siglo XX. En diálogo con Bacap, la escritora repasa sus procesos de escritura.

Poco después de publicar El secreto de Azucena Gabriela Exilart lanza un nuevo libro. En el tiempo de acá, pasa un año; en el tiempo de la ficción, treinta. La escritora es, más o menos, la misma: persisten en ella algunas dudas, algunas certezas, hay también—como suele suceder— novedades (en forma de ideas, inquietudes, búsquedas). Los personajes, por su parte, han crecido lo que se crece en treinta años: bastante. En Tierra herida, Exilart recupera a quienes en la novela anterior eran niños y los narra adultos para, a través de su historia, contar una nueva historia.

En las novelas de la autora, el tiempo de la ficción tiene un anclaje histórico. En este libro, y en los trece anteriores, Gabriela Exilart se mueve en el terreno de la novela histórica: investiga hechos del pasado y a partir de ellos desarrolla la ficción. En El secreto de Azucena cuenta una matanza de 36 extranjeros en manos de criollos ocurrida en Tandil en 1872; en Tierra herida, relata los reclamos de los obreros de la cantera de Cerro Leones (Tandil) a principios del siglo XX. Aprovechando la coincidencia del espacio en el que sucedieron uno y otro acontecimiento, Exilart establece una continuidad entre los libros a partir de sus personajes.

“Yo centro la ficción en la cantera de Cerro Leones, que era una de las grandes canteras de Tandil y lo que se cuentan son hechos históricos reales que tienen que ver con los reclamos de los trabajadores de las canteras, los picapedreros. Que bueno, trabajaban ahí adentro muy oprimidos, encerrados. Las canteras estaban cerradas con alambres y candados y la gente prácticamente no podía salir, o sea, tenía que pedir permisos especiales para salir, para ir al pueblo. No les pagaban con dinero, sino con una moneda que había inventado el dueño de la cantera que se llamaba plecas. Entonces, bueno, ellos vivían ahí, con un trabajo que encima era de riesgo. Riesgos varios, ¿no? Porque era riesgo por la altura, tenían que colgarse de la sierra para sacar la piedra; por las explosiones, porque las piedras había que volarlas para poder sacar los adoquines y también, por el polvo, riesgo de silicosis. Entonces era un trabajo de muchas horas, esclavizante. El contexto histórico es ese. Ellos se empiezan a organizar para formar la Unión Obrera de las Canteras, que es el primer sindicato, y a organizarse en huelga. Ahí empieza a desarrollarse todo lo que es la trama histórica, con una huelga que duró 11 meses, o sea, casi un año de huelgas, con todo lo que eso trajo para la gente que vivía y que dependía de ese trabajo. Y bueno, en medio de eso están las historias de estos tres personajes, que eran los nenes de la novela anterior, que ahora protagonizan además sus propios conflictos personales y familiares”, cuenta la autora.

—¿Descubriste esta historia que te interesaba contar y ahí pensaste en traer a los personajes de la novela anterior o cuando escribías la otra ya tenías esta en mente?

—No, no, yo descubrí esta historia cuando estaba investigando para la anterior y me pareció interesante el hecho de los picapedreros y que fuera algo que tenemos tan cerca acá, 180 km, y que yo no sabía todo el movimiento sindical que hubo. Me pareció interesante contarlo y dije: “Bueno, aprovecho que tengo justo tres nenes”. Yo no soy de poner personajes niños, por lo general. Bueno, ¡providencia! Treinta años me calzaba justo para que fueran los adultos que podían contar la historia. Pero no, no estaba en mente esta novela, surgió en la investigación y dije: “Bueno, me calza justito”.

El tema del amor

Además de en el hecho de narrar hechos históricos, los libros de Exilart coinciden en incluir una trama romántica entre sus elementos principales. Sin embargo, en una entrevista con este medio realizada hace algunos meses, la autora manifestó ciertas dudas sobre el lugar que quería que el romance ocupara en sus textos. “No sé si quiero que mis libros sean eminentemente una novela romántica, porque de hecho me parece que no lo son”, decía en aquel entonces. Y también: “Creo que es una etapa de transición”.

Esas dudas, contaba entonces, tenían en gran parte que ver con una sensación de que, en los nuevos textos, la cuestión del amor no fluía. Sobre eso, hoy dice: “Acá pude. Acá sí hubo romance y no me fue forzado, salió muy naturalmente. Es un romance que no es quizás del más apasionado, sino que es un romance que viene más de los vínculos, ¿no? Del conocimiento, de la amistad, de la incondicionalidad. Es como un amor más adulto, más maduro. No el amor vertiginoso de la juventud. Porque bueno, ya son segundas vueltas en los personajes porque son personajes que tienen su historia. Por ejemplo, Ani es una mujer que está casada, tiene un hijo grande, entonces bueno, el amor le llega en una segunda vuelta de la vida. Pero en la novela que estoy escribiendo es como que todavía no llegó el romance, tengo el setenta por ciento de la historia y el romance no está fluyendo demasiado”.

El ida y vuelta

En aquella otra entrevista, Exilart había hablado también de esa novela en proceso y había contado que el relato estaría —o estaba siendo— estructurado en tres partes. Ya no, comparte. “No porque tuve ahí una crítica constructiva por parte de mi hijo que es, bueno, es un lector muy exigente y él siempre leía todos mis manuscritos antes, era como el primer lector y el primer corrector. Las dos últimas novelas, El secreto de Azucena y Tierra herida, no las pudo leer antes porque siempre está trabajando afuera, de hecho el lunes se va a trabajar afuera, entonces ya las leía en libro y no podía opinar, ya estaba hecho. Y entonces me hizo como unas críticas de que las novelas venían muy lineales. Me dijo: ‘A mí me gustaba cuando hiciste Napalpí, que tenía tantas idas y vueltas en el tiempo’. Entonces la novela que estoy escribiendo, que iba en tres partes lineales, se la di, y bueno, él me sugirió eso, ese cambio. Así que nada, ahora va a ser todo un bloque de tres líneas de tiempo que se van a entrelazar. No van a ser tres partes, sino que van a ser tres historias en paralelo que en algún punto se van a definir en una. Así que ahí estoy, destripando. Pero bueno, lo leyó y me dio el visto bueno”, cuenta.

—¿Tenés más lectores a quienes les vas acercando el texto mientras escribís? ¿O preferís tener el proceso vos sola?

—No, soy muy celosa. No me gusta que se trascienda mucho, pero sí, a mi hijo sí. Si mi hijo está, le doy. Y tengo a mi amiga Gladys, que es la primera lectora, siempre, de todos los manuscritos, a la par de mi hijo. Leían los dos. Ahora bueno, cuando él no está sigue ella. Ella lee todo antes y es muy valioso su aporte, su mirada, porque también es una lectora muy exigente. Yo no quiero lectores complacientes, que me digan: “Ay, sí, qué lindo”. No, yo quiero que me lo critiquen. Así que sí, a ella le doy todo. Es más, la novela que estoy escribiendo también la leyó. Ella leyó la primera versión, la lineal y bueno, ahora se va a encontrar con la nueva versión de líneas paralelas.

—¿Te interesa explorar distintas formas entre una novela y otra?

—Sí, sí, sí, sí. No quiero que sean todas iguales, quiero que haya algo distinto, que tenga algo distinto la novela. Así que esta va a ser con tres líneas, lo cual creo que nunca hice. Había hecho hasta dos líneas. Esta van a ser tres historias. Casi cuatro, te diría. Es un re trabajo, pero bueno, es un desafío interesante.

Además de escribir novelas —y hacer otras cosas: es abogada y dicta clases en la Facultad de Derecho de la UNMdP— Gabriela Exilart desarrolla talleres de escritura. Esos espacios, cuenta, son también propicios para revisar los propios textos.

—¿En el ida y vuelta con los alumnos te surgen también nuevas ideas para escribir? ¿Hay una retroalimentación?

—Sí, totalmente. Sí, siempre. A veces yo les comparto cosas, o les leo algún capítulo, les muestro. Les muestro cómo me corrijo yo, porque yo soy hincha para corregir. Entonces, a veces les muestro, miren, yo también me equivoco y también me corrijo un montón y también tengo un montón de vicios, de palabras que a veces uno usa o de adverbios o de modismos, que yo se los corrijo a ellos, pero cuando los encuentro en los míos les muestro. Entonces sí, se retroalimenta. O cosas que están escribiendo o ideas que tienen o no sé, estructuras que vos decís: “Ah, qué bueno, esto podría funcionar”. Sí, el espacio de taller es maravilloso, es un ida y vuelta.

Otros espacios de intercambio con lectores son las presentaciones de libros y las redes sociales. Aunque en estos casos el libro ya está terminado, Exilart aprecia las instancias como la firma de libros, en los que los lectores se acercan y le comparten pareceres sobre los textos, e incluso anécdotas personales sobre lo que en ellos se narra. “Yo tuve un familiar…”, “No sabía esta historia”, “Mi abuelo era picapedrero…”, son ejemplos de comentarios que surgen en esos momentos. Así, la ficción histórica ofrece un modo particular de conexión con los lectores, quienes encuentran a veces partes de su propia historia en las novelas. Y sus aportes funcionan también, a menudo, como insumos para relatos nuevos.

 

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