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junio 15, 2021
Lo de Acá

Mujeres en la ciencia: edición pandemia

Carolina Carrillo, Analía Rearte, Juliana Cassataro y Vera Álvarez son solo algunas de las científicas que se destacan en la ardua tarea de intentar controlar la propagación del coronavirus en el país. Son, también, profesionales mujeres que llevan el sello de Mar del Plata. En tiempos de revolución feminista, nos preguntamos: ¿por qué es importante que haya mujeres en los ámbitos en los que se construye el saber?

Por Julia Van Gool

Todos los días desde hace más de cinco meses, la secretaria de Acceso a la Salud de la Nación, Carla Vizzotti, brinda un detallado informe de la situación sanitaria del país, que es transmitido por los canales oficiales de la Casa Rosada. Es, también, una de las protagonistas indiscutidas en la batalla de la Argentina contra el Covid-19.

La funcionaria, médica infectóloga y especializada en enfermedades inmunoprevenibles, se transformó desde el día uno en pieza elemental de la comunicación del Gobierno en la pandemia por el coronavirus. Por eso, cobra notoria importancia cuando en varias entrevistas periodísticas destaca que asume su rol no sólo con la responsabilidad que su cargo conlleva, sino también con el “compromiso de género” que implica ser mujer en un espacio de poder y decisión. 

Sin embargo Vizzotti no es la única en esta edición pandemia de “mujeres en la ciencia”. Teniendo como hilo conductor el sello de Mar del Plata en algún aspecto de su destacada trayectoria, aparecen en el listado Analía Rearte, que encabeza la Dirección Nacional de Epidemiología; Carolina Carrillo, que formó parte del grupo que desarrolló un kit de detección temprana, económica y simple del coronavirus en el país; Juliana Cassataro, que lleva adelante el equipo que está desarrollando una vacuna y Vera Álvarez, quien trabaja en la creación de un material que podría inactivar el coronavirus en la ropa y su proyecto fue el ganador a nivel nacional por el Programa Programa de Articulación y Fortalecimiento Federal de las Capacidades en Ciencia y Tecnología COVID-19. Ellas, por solo nombrar algunas. 

Si algún aprendizaje debe quedar de este 2020, es que la pandemia por el coronavirus fortaleció la importancia de que las naciones apuesten al desarrollo científico e inviertan en la formación de sus profesionales. La construcción del saber, en el marco de un panorama de total incertidumbre, demostró ser elemental en la elaboración de herramientas, métodos y medidas gubernamentales capaces de controlar la propagación de la enfermedad. 

Sin embargo, en el abanico de desigualdades que la irrupción del coronavirus dejó en evidencia (brecha digital, pobreza estructural, hacinamiento habitacional) también entraron las de género, incluso en el ámbito de la ciencia y la investigación. Sí, ese mismo lugar del que dependemos tanto, sobre todo en estos tiempos. 

Según un artículo publicado en The Lily, un portal estadounidense del Washington Post hecho “por y para” mujeres (https://www.thelily.com/women-academics-seem-to-be-submitting-fewer-papers-during-coronavirus-never-seen-anything-like-it-says-one-editor/) , seis semanas después del comienzo de la cuarentena generalizada, varios editores de revistas científicas comenzaron a notar que estaban recibiendo menos papers por parte de académicas, mientras que otros observaron que los varones están publicando más que el año pasado.

¿La razón? El trabajo no pago. Si bien las tareas domésticas y de cuidado ya recaían más en las mujeres e identidades feminizadas en la etapa prepandemia, pareciera que esta “nueva normalidad” lejos de modificar viejos estereotipos y desigualdades, los profundizó.

¿El paraíso?

Trabajar en casa estuvo lejos del paraíso que muchas esperaban, que no necesariamente incluía pensar artículos científicos con tu hijo pidiéndote el celular para ver Youtube. 

Indefectiblemente, las condiciones de teletrabajo terminaron, en gran medida, acotando el tiempo en el que las mujeres -en especial, las madres- podían dedicarse a la redacción de publicaciones. Para quienes se dedican a las carreras de investigación, no poder hacer esto último equivale a disminuir las posibilidades de crecer profesionalmente. 

Sobre esto escribió la demógrafa social italiana Alessandra Minello en la revista académica Nature (https://www.nature.com/articles/d41586-020-01135-9) , donde no sólo contó en primera persona el esfuerzo que debe hacer para tener tiempo para escribir (despertarse a la madrugada, por ejemplo), sino también advirtió el impacto que esto tendrá en las carreras profesionales de las mujeres madres, bajo lo que denominó “muro maternal”. Es decir, el confinamiento preventivo generó un encierro más: el de la profesión de las madres trabajadoras.

Por eso, en tiempos de revolución feminista, desde BACAP nos preguntamos: ¿por qué es importante que mujeres participen de estos espacios? Y, además, cuando lo hacemos, ¿qué tareas desarrollamos? ¿en qué áreas? ¿en qué cargos?

Para conocer la realidad del mundo científico, conversamos con Cecilia Rustoyburu, investigadora adjunta del Conicet e integrante del Grupo de Estudios sobre Familia, Género y Subjetividades de la Universidad Nacional de Mar del Plata, institución de la que también es docente. 

Para empezar, Rustoyburo destacó un crecimiento “considerable” en la participación de mujeres en el Conicet en los últimos doce años, las cuales pasaron de representar el 49% del personal científico en 2007 a ser el 52% en 2019. La cifra, aseguró, ligeramente aumenta en lo que respecta a las carreras de investigación. 
“Sin embargo, tenemos que tener en cuenta que somos más en las categorías más bajas. Mientras que hay un 61% de mujeres que son asistentes, solo un 24% son investigadoras superiores”, señaló la profesional. (Conicet en cifras: https://cifras.conicet.gov.ar/publica/categoria/14/show )

Esta situación se da por lo que el movimiento feminista denomina “techo de cristal” (un muro como el de Alessandra Minello, pero más general) y que Rustoyburu describe como las “barreras invisibles por las cuales los hombres suelen acceder con mayor frecuencia a los cargos más altos”.

“Esto tiene que ver tanto con las dificultades que encuentran quienes son madres para conciliar las tareas de cuidado con las exigencias de esta profesión, y con los prejuicios al interior del campo científico que lleva, por ejemplo, a que los cargos de gestión sean más inaccesibles para nosotras”, indicó la investigadora. 

Rustoyburu también advierte que la participación tampoco es igual entre las distintas áreas. “Tecnología y ciencias exactas son las áreas donde hay mayor cantidad de investigadores que investigadoras. Son disciplinas que aún siguen siendo leídas como áreas donde se necesitan capacidades que históricamente fueron interpretadas como masculinas: la racionalidad, la abstracción o la fuerza, por ejemplo”. 

Además, la investigadora destacó un proyecto de ley que, en noviembre de 2019, tuvo media sanción en la Cámara de Diputados y busca establecer la paridad de género en los órganos de conducción del sistema científico (https://www.parlamentario.com/2019/11/21/diputados-avalo-un-proyecto-sobre-igualdad-de-genero-en-el-ambito-cientifico/

“Esto supone que las mujeres sean el 50% en las comisiones y consejos directivos, pero ese sería un punto de partida para promover una transformación que implique la transversalización de la perspectiva de género. Esto podría implicar, por ejemplo, modificar los sistemas de evaluación que hoy están focalizados en el ritmo y la cantidad de publicaciones, desconociendo que la feminización de las tareas de cuidado y crianza suele impactar en la supuesta ‘productividad’ de las mujeres”, señaló. 

Más mujeres…y muches más

Ahora, ¿por qué es importante que se garanticen los espacios para el desarrollo y crecimiento de las mujeres científicas en los ámbitos de construcción del saber? ¿Es la ciencia representativa de la realidad que busca explicar? 

Sobre estas inquietudes, Agostina Mileo, comunicadora científica, escribe en su libro Que la ciencia te acompañe a luchar por tus derechos lo siguiente: “Desde chiquitos nos enseñan que la ciencia es universal y objetiva, que se puede aplicar a cualquier cosa o persona en cualquier lugar del mundo, independientemente de sus circunstancias. Desde el siglo pasado, una de las críticas a estos valores ha sido señalar que, en la práctica, este sujeto universal, al que aplica todo lo que la ciencia conoce, es un varón blanco heterosexual que se toma todo ‘modelo’ o ‘sujeto neutro’”. 

La investigadora Cecilia Rustoyburu hace hincapié en algo que resulta esencial: la importancia de entender “que la mayor presencia de mujeres, o de personas no binarias, no nos asegura por sí mismo que se transforme la manera de hacer ciencia”, pero abre el abanico a las múltiples dimensiones que condicionan la manera de ser y estar en la realidad que nos rodea.

“Hace algunas décadas que, desde los estudios de género, se viene cuestionando la idea de que existe cierto ‘punto de vista femenino’, o cierta esencia de las mujeres que nos llevaría a pensar los hechos de otra manera. Sin embargo, esto no quiere decir que no necesitemos que haya más mujeres científicas. ¡Al contrario! Porque cuando cuestionamos ese esencialismo, lo que queremos decir es que hay muchas formas de ser mujer, porque nuestras experiencias y cosmovisiones no están sólo marcadas por nuestro género. Nuestro origen étnico, nuestra edad, nuestro nivel socioeconómico y tantas otras dimensiones condicionan nuestra manera de ser y estar en el mundo”. 

Y agrega: “Si partimos de la idea de que la ciencia es cultura, y que todos los conocimientos son situados, claro que necesitamos más mujeres y personas no binarias que sean científicas, pero también que provengan de distintos grupos étnicos, culturas y niveles socioeconómicos. Además no sólo la heteronormatividad y el racismo deben ser cuestionados, también el capacitismo. ¿O acaso no es válido que nos preguntemos porque casi no hay personas con discapacidad en el CONICET?

Más allá de los avances que ha habido en materia de inclusión, Rustoyburu  advierte que la ciencia todavía en 2020 tiene pendientes la eliminación del techo de cristal, tan evidenciado en esta pandemia, al mismo tiempo que debe poner en cuestionamiento las ideas que legitimaron a la ciencia como una actividad masculina.

“La ciencia sigue siendo asociada a la racionalidad y a la objetividad, en contraposición con la irracionalidad y la emotividad. Valores estos últimos que aún siguen siendo pensados en relación a lo femenino, junto con la debilidad”, señala. 

Y agrega: “Puede parecer que ya no es así, pero veamos cómo son presentados los expertos durante esta pandemia. Desde su inicio, en los medios de comunicación, esos lugares fueron ocupados por los señores del establishment médico ¿o acaso hay alguna médica como columnista en el programa de la tarde? Más allá de Claudia Vizzoti, ¿cuántas médicas y epidemiólogas feministas son entrevistadas diariamente en los noticieros? Aunque desde el Ministerio de Salud se han tomado medidas con perspectiva de género, el tono épico desde el cual se narra la “batalla” contra el covid, en los medios, no resulta muy compatible con la participación de las mujeres como líderes legítimas para dirigirla”. 

En fin, ahora se entiende aún más el “compromiso de género” del que siempre habla Vizzotti.

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