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Mar del Plata
octubre 2, 2022
Lo de Acá

Cuando la noche es más oscura

Cómo es la “gira clandestina” en Mar del Plata en plena pandemia. De Sierras hasta el Belisario Roldán en primera persona.

Arranco con una previa de tragos en una terraza del barrio Don Bosco, es madrugada de domingo y mi reloj marca la 1. La noche acompaña y estoy esperando a una de las pibas que trae los precintos para asegurar mi ingreso. No estoy solo, en ese lugar hay 10 personas más, entre chicos y chicas.  

La música suena, desde remix de cumbia vieja hasta los raros djs nuevos que desconozco. En su mayoría, las fiestas privadas o “clandestinas” están ligadas a la música electrónica pero también las hay de “cachengue” (cumbia y cuarteto).

Alrededor de las 2 am, nos vamos de la terraza. Hay que aprovechar porque las noches de verano son más cortas y los amaneceres te sorprenden temprano, eso me gusta. Nos subimos en 3 autos; el destino es una fiesta en Sierra de Los Padres.

El viaje transcurre con normalidad y sin controles a la vista. Ingresamos a Sierras y pocos kilómetros después nos topamos con una tranquera y el primer control de la noche: el de la fiesta privada a la que vamos.

-¿Tienen precintos?- pregunta el hombre a cargo de la seguridad.

– Sí- contestamos a coro.

– Bueno pasen –afirma el hombre de negro.

Cuando bajamos nos quieren cobran 2.500 pesos por el estacionamiento, regateamos hasta 1.500; somos locales no turistas.

El predio es enorme, tengo tiempo de alejarme y orinar al costado de un árbol antes de entrar. Hay seguridad en el lugar, que está bastante iluminado para que se lo califique de “clandestino”. Más bien hay que llamarlas fiestas privadas, pienso mientras me subo el cierre del jean.

Perdí a mis compañeros de ruta, les perdí de vista. No me importa. Entro y una barra enorme me da la bienvenida, hay desde cerveza, bebidas blancas hasta gaseosas y agua. Todo listo para la fiesta, que está debidamente organizada. Un dj “encendido” que no para de hacer bailar a la gente con música electrónica.

La noche transcurre tranquila, las luces de la fiesta me devuelven expresiones no rostros, apenas trazos de caras sin una definición. 

La gente se divierte, no hay distanciamiento, no hay barbijos, es un mundo paralelo del que sabía pero no conocía de cerca. Como cuando se habla de las guerras y sus corresponsales, me siento así. Tantas veces hablaron de que la pandemia es “como una guerra”, entonces ahora sería como un “corresponsal de guerra”.

Las horas pasan, mi cuerpo está cansado y se nota, lo advierte una de las chicas me convida un pedazo de pastilla verde, me dice: “Esto te va a ayudar”. Me siento un personaje de Huxley en Un Mundo Feliz, consumiendo soma para no deprimirme. De a poco mi ánimo cambia, voy por un trago, bailo y beso sin control a una chica, después ella se va y no me importa.

Pasan las horas y al rato comienza a aparecer los primeros rayos de luz, veo que la persona que me invitó a la fiesta intenta decirme algo y se acerca:

– En un rato nos vamos- balbucea.

– ¿A dónde?- pregunto

– Vamos a seguirla con el DJ a un after- me aclara.

 – Bueno- le digo

 Nos subimos al auto y el sol ya pega de lleno, creo que me estoy arrepintiendo de decir que me gustan los amaneceres que te sorprenden. Las 5 de la mañana y el sol ya le gana territorio a las nubes en el cielo, ilumina todo a su paso: la clave para atravesar ese momento de crueldad son las gafas y no tengo. Pero me prestan un par al advertir mi amateurismo ante la situación.

Llegamos al Belisario Roldán, en las cercanías del Hospital Regional, a pocas cuadras se reciben a pacientes con Covid y más acá, el galpón del after recibe a los impacientes  por seguir bailando.

Ya adentro, la música suena y sigo vivo se nota la gozadera. Pastillas y alcohol pasan sin control, los transas venden sus últimas “bolsas” y “pastis”. De a poco me voy apagando, el efecto de lo que consumí ya no está y no quiero nada más. Pienso que es suficiente y además tengo ganas de irme.

Salgo a la puerta, la vereda está llena de autos y no pasan taxis, camino hacia a la avenida Juan B. Justo, por mi aspecto de “gira” los choferes no paran, los puteo y me enojo. Sigo caminando hasta que uno se detiene, le agradezco por no ser un “vigilante” y prejuicioso. Solo quiero ir a mi casa y dormir, ya no quiero ver más el sol.

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