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febrero 8, 2023
Deportes

El rival que (no) esperábamos

Argentina superó a su par de Australia en octavos de final en un partido que lo sufrió por demás. Ahora espera por países bajos en la semana más larga desde que comenzó el mundial.

Por Juma Lamacchia – Corresponsal

Doha, Qatar – Si nos preguntaban qué rival queríamos en la segunda ronda del mundial, Australia lo hubiésemos firmado. Dinamarca era potencialmente el rival más difícil (dando por hecho que Francia lideraba el grupo D). Argentina superó las adversidades propias, ganó su grupo y los de Oceanía se anotaron en octavos de final. 

Luego del cruce con Polonia el público argentino recuperó la sonrisa. El equipo jugó bien, los árabes y mexicanos que por las calles de Doha se burlaban de nosotros, ya no estaban presentes en ningún lado (y si lo estaban, en silencio y “amistosamente”) y encaró la segunda parte del mundial con muchísima expectativa. Y tranquilidad.

Esa tranquilidad se vivió desde que salió el sol el día sábado. El viernes anterior, los hinchas se convocaron en el centro de Souq Waqif para realizar el repetido y acostumbrado banderazo, en apoyo al equipo. El pensar nuestro no era el mismo que en los primeros partidos, por primera vez, esperábamos el partido relajados a pesar del riesgo de comenzar la fase “mata – mata” en la que el equipo que pierde, se vuelve a casa. Aunque nosotros hace dos partidos que veníamos corriendo esa suerte. 

El estadio

La llegada al estadio Ahmed Bin Ali fue escaza de cierta llama eufórica que caracteriza a nuestro público. En la conexión de la línea roja con la verde del metro se pintó todo celeste y blanco y los hinchas colapsaron el medio de transporte para llegar todo juntos y caminando al grito de “nos volvimos a ilusionar”. Muchas familias y cierta despreocupación. 

La capacidad fue de 45.000 personas, ahora sí, casi todas argentinas. Al no jugar en el estadio más grande los últimos dos partidos, el público suele ser genuino y no se ven tantos hinchas de la selección nacidos en otro continente que sólo quieren ver a Messi. Por eso mismo, y ante un puñado de hinchas australianos, se sintió aún más el aliento hacia los jugadores. Tanto que el mismo Scaloni lo resaltó pos partido. La familia Messi en un palco, todos acomodados y ahora sí. Los nervios invaden nuestros cuerpos. Un partido. El que pierde, afuera.

Nosotros también queremos ver a nuestro capitán, como en cada actuación suya. Y si lo habremos visto. El partido era cerrado, Argentina jugaba mal y durante 10 minutos Australia nos tocó la pelota. Volvían las dudas. Hasta que Lionel aceleró, presionó como no suele hacerlo y ganó una falta. De ese rebote, inventó un gol, como ya lo había hecho contra México. Delirio, emoción y gratitud. Messi pone el 1 a 0, destraba el partido y el pasito estaba cada vez más cerca. 

Las figuras: los jugadores

Julián Álvarez, el pibe que enamoró a un país desde River hasta Manchester, no paró de correr. Dicen que aún lo está haciendo. Ganó la pelota junto a De Paul a los pies del arquero rival y dos a cero. La familia Messi se abraza, de la manó de él, vamos a dar la vuelta. La gente agita su camiseta y olé olé olé. Pero no todos los capítulos de esta serie mundialista serán con alegría, de hecho no deberían serlo, sino no sería un mundial. Australia consigue el descuento y nos toca sufrir, otra vez.

Otamendi, una de las figuras de este mundial se encargó de despejar todo lo que venía por el aire para que alguno de los muy altos australianos intente concretar el empate. Lisandro Martínez se tira al piso y se golpea el pecho mirando a la tribuna. Lionel Andrés Messi juega su partido más maradoneano en los mundiales, quienes vieron a Diego, lo afirman. Y quienes no lo vimos, también. Esto vinimos a ver cuando hablamos del mejor del mundo. La pelota a mis pies, a mi ritmo y a lo que yo quiera que se juegue. Por eso soy el mejor del mundo hace casi 20 años. Y ese plus, es argentino. No pudimos meter el tercero, Lautaro estuvo errático, no le tocó. Y por eso, tuvimos que rompernos las manos en quien mejor las usa. Silencio en el estadio, la pelota vuelta al área argentina y faltan 15 segundos, nada más. Un mal despeje, un jugador australiano logra bajar una pelota sumamente difícil y que no creo que pueda volver a hacerlo. Gira y queda frente a él. Emiliano Martínez, que ya es enorme, se agiganta más y estira sus extremidades. Pone la cara, el pecho, el corazón. Le pega en el codo, se eleva, flota y cae sobre sus manos. Se atrinchera a ella, la pelota es del Dibu. Otamendi se tira al piso para abrazarlo al igual que Enzo. Nosotros lo gritamos como un gol, nos abrazamos y miramos el reloj del celular porque en el estadio no se visualiza el tiempo de descuento. El Dibu sigue en el piso, el partido se tiene que terminar ahí. De Mar del Plata a Doha, gracias. Ya podemos pensar en otra cosa.

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