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mayo 20, 2024
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Vilas: “En mi valija llevaba una bolsita con arena de Mar del Plata”

La relación entre el pequeño recién nacido y Mar del Plata se inició a los pocos días de arribar a este mundo en 1952: cuando el obstetra les garantizó que todo estaba en orden, sus padres, Maruxa y Cholo, regresaron desde Capital Federal a la ciudad donde vivían –un caserón sobre la Avenida Colón–, y Guillermo Vilas, el bebé, se transformó en marplatense por adopción. Sería la identidad que lo acompañaría, con orgullo, toda su vida. A los seis años comenzó a tomar clases de tenis en el Club Náutico Mar del Plata bajo la tutela del profesor Felipe Locícero, y allí se inició un camino exitoso que lo llevó a ser el mejor tenista del mundo. Vilas ganó 62 torneos oficiales, cuatro del Grand Slam y un Masters. Es el tenista argentino con mayor cantidad de títulos individuales y una serie de récords mundiales que todavía perduran.

Vilas con sus raquetas, algunas de ellas forman parte del Museo que hay en Mar del Plata. Foto: cuenta oficial del tenista.

 

Por Eduardo Puppo (Periodista especializado en tenis, biógrafo de Guillermo Vilas)

La relación entre el pequeño recién nacido y Mar del Plata se inició a los pocos días de arribar a este mundo, el 17 de agosto de 1952: sus padres decidieron que ese gran paso en sus vidas fuese en el Sanatorio Anchorena capitalino, pero cuando el obstetra les garantizó que todo estaba en orden, sus padres –Maruxa y Cholo– regresaron a la ciudad donde vivían, un caserón sobre la Avenida Colón, y Guillermo Vilas, el bebé, se transformó en marplatense por adopción. Sería la identidad que lo acompañaría, con orgullo, toda su vida.

El tenis, una buena actividad

Seis años más tarde, su papá, el escribano José Roque Vilas, fraternalmente conocido como “Cholo”, ya presidente del Club Náutico Mar del Plata, visualizó que el tenis podía ser una muy buena actividad social y aprovechó la construcción de otras tres canchas que incentivó a muchos practicantes. Hacía falta también un buen instructor, y el “Cholo” buscó hasta encontrar a Felipe Locícero en Rosario. Peluquero de profesión, sería la persona indicada. Los Vilas anotaron a su primigenio como el primer alumno (lo habían afiliado al club el 31 de octubre de 1952, cuando tenía dos meses y medio de vida, es el socio Nº 401), y así se fueron sumando interesados hasta crearse una prolífera escuela, incluso junto a su hermana Marcela, tres años menor.

Vilas en el Instituto Peralta Ramos de Mar del Plata. Foto: archivo personal del tenista

Faltaba que Guillermito se enganchase: “Un sábado acompañé a papá a Villa Gesell, porque un club de allí se enfrentaba contra el Náutico en un amistoso habitual de la zona. Quedé embobado, como en trance. Me sedujo todo, los jugadores y su corrección, la vestimenta blanca y pulcra que lucían, el court y el polvo de ladrillo tan curioso, la búsqueda de los puntos, la presencia de un árbitro que controlaba, respetuosas expresiones en inglés, las personas distendidas por el fin de semana… Yo era chiquito, pero presentí que conocía al tenis desde que nací, que debía encontrarme con él como un mandato predestinado”, reconoció Vilas a la distancia. Ese fue el punto de partida, compartido con sus obligaciones como estudiante en el Instituto Peralta Ramos de los Hermanos Maristas desde 1960.

El nexo entre Locícero y su aplicado pupilo se profundizó hasta un punto tal en el que ya no tuvo vuelta atrás: “Felipe me prestaba atención, no por ser el hijo del presidente, sino por el desmedido interés que yo manifestaba. Cumplía con los ejercicios igual que los demás chicos, sí, pero me quedaba después de hora para oír sus consejos, como una inversión a largo plazo. Hablábamos en la piecita que le habían dado en el club, el lugar al yo que recurría si algo me salía mal, como un refugio. A él le encantaba que lo escucharan y el tiempo desaparecía para los dos”, recordó Vilas.

El futuro deportivo de esa gema en potencia no se hizo esperar. Muy pronto, ya con los primeros triunfos como representante del Náutico, se perfiló un campeón que no salteó etapas pero tampoco permaneció demasiado en cada una; su evolución lo llevó a ocupar los primeros puestos en los rankings de menores hasta llegar a ser el número uno de la Argentina en mayores, en 1971, posición que mantuvo durante doce temporadas. Todo lo demás se fue incorporando a la historia grande del deporte en el país y consiguió récords mundiales que todavía perduran.


El tenista con mayor cantidad de títulos

Es el tenista argentino con mayor cantidad de títulos oficiales en singles hasta hoy, con 62 (además perdió 41 finales, también una marca única), y fue finalista de ocho Majors, los torneos que forman el Grand Slam, logrando cuatro títulos: Roland Garros y US Open 1977 y el Abierto de Australia 1978 y 1979, además del Masters (hoy ATP Finals) en 1974 sobre césped.

Enumerar sus conquistas sería interminable, pero vale agregar que fue finalista mundial de la Copa Davis, en 1981, y es el argentino que más partidos ganó en esa competencia entre singles y dobles, con 57. La Federación Internacional de Tenis (ITF), le entregó en 2008 el “Davis Cup Award of Excellence”. Además, fue promovido al Hall of Fame de Newport, Estados Unidos, en 1991 –único tenista argentino en caballeros–, y en 2011 recibió el diploma Platino-Diamante, la máxima categoría del Salón de la Fama del tenis argentino. En 2018 fue declarado por la Asociación Argentina de Tenis como “Capitán Honorario de Copa Davis” y “Embajador Mundial del tenis argentino” de por vida.

Posee varios récords mundiales y oficiales en una temporada (1977) regida por el ranking de la ATP: partidos consecutivos ganados en canchas lentas en una temporada (53), partidos consecutivos ganados en todas las superficies (46), partidos ganados en total (137) y títulos de singles (16). También sigue vigente su récord mundial de partidos ganados en canchas lentas en el profesionalismo: 676. Fue top-ten mundial de singles durante nueve años consecutivos (491 semanas en total) y Nº 1 del mundo en diversas semanas de 1975 y 1976 después de una investigación privada que la ATP analiza restituir. Es considerado el mejor tenista de la temporada 1977 por resultados.

Una jugada de autor

Por otra parte, es uno de los contados deportistas que poseen una “jugada de autor”, reconocida y replicada en cada rincón del planeta: la “Gran Willy”. Consta de un golpe pegado entre las piernas, de espaldas a la red, que sorprende al rival y, bien ejecutada, es una jugada impactante. Hoy, decenas de profesionales la aplican de manera defensiva para salir de una situación extrema y, en muchos casos, terminan generando un largo aplauso de los espectadores. Vilas la maceró a principios de 1970 junto a su compañero de la escuela de tenis del Náutico, Rafael González Bosch, otro talento que surgió por la gracia docente de Locícero.

Uno de los tantos partidos en los torneos internos del Club Náutico Mar del Plata (circa 1965): @GuilleVilasOK junto al profesor de la institución, Felipe Locícero, y Antonio «Bocha» Garoni.

Mar del Plata y el Náutico

El Náutico nunca dejó de ser un emblema en su vida, más allá de los triunfos, la fama y la consideración mundial: “En mi desarrollo como tenista lo vi como un club hermoso, un predio atractivo que me generaba un sentimiento de alegría, y si alguna vez me cuestionaron fue por algo puntual entre las personas, nunca con la institución. Clubes abiertos crean espíritus abiertos”, expresó para su libro biográfico. Como tributo, el 10 de diciembre de 2021 se inauguró el “Espacio Vilas” en dicha institución, un lugar único en el mundo con pertenencias del jugador, elementos originales que se exponen bajo la autorización de su familia y forma parte de un recorrido imperdible para locales y extranjeros que visiten la ciudad balnearia.

Mar del Plata siempre estuvo ligada a Vilas, y él se encargó de difundir su existencia en cada reportaje que dio en el exterior: “Los primeros años, cuando recién comenzaba a destacarme y me entrevistaban, me preguntaban dónde quedaba Buenos Aires, confudiéndola con una ciudad brasileña, es una historia conocida popularmente. Me enojaba, pero comprendí que lo mejor era desasnarlos y explicar mi origen y que Mar del Plata era la Perla del Atlántico, para dejarlo bien claro. Como regla, en mi equipaje siempre llevaba un reloj despertador a cuerda, un rosario de Santa Bernardita, una Biblia que leía con regularidad, y nunca faltó una bolsita con arena de Mar del Plata”.  Todo dicho .

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