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agosto 3, 2021
Aula Abierta

Efectos psicológicos de la pandemia en niños: ¿Lobo está?

Unos días atrás escuchaba a una colega decir que tendremos que volver al bosque cuando el lobo ya no esté. Tomo la metáfora para pensar la infancia de nuestros días y acercar algunas consideraciones.

Por Lic Pablo Kersner (MP: 45394)

El juego de los chicos. Mientras hacen una ronda en el bosque (que puede ser el patio de la escuela o de una casa), los chicos inician el juego: “Juguemos en el bosque mientras el  lobo no está!, lobo está?”

Después de ponerse los zapatos y otras prendas, el lobo les avisará que los correrá con el fin de comérselos.

Poder jugar a estar vivo, a ser comido por el lobo, o también a ser uno mismo el lobo, son algunas de las máscaras que nos permite el espacio lúdico para dirimir las preguntas existenciales que los adultos escondemos con destreza y malestar.

Recuerdo que en mis primeros pasos de práctica hospitalaria por los años 90’, los niños que llegaban a los tratamientos eran los niños del “edipo”. Niños en plena producción subjetiva, con plasticidad psíquica para vincularse con los pares y capacidad simbolizante respecto a la ausencia de los padres.

Eran los niños que sabían jugar el juego. La consulta se generaba en torno a la angustia (fobias) u otros miedos. Síntoma que refería a un conflicto intrapsíquico por descifrar.

La transferencia y el buen pronóstico del tratamiento no despejaba la idea que el “lobo del bosque” apareciera en los sueños en forma de pesadilla.

Como dijo en una oportunidad un chico en sesión: “Los fantasmas aparecen de noche porque sufren de insomnio”.

No saber/no poder

Después llegaron los niños que no podían/sabían jugar. Los infantes detenidos en plena producción de subjetividad. Niños con la vulnerabilidad a flor de piel. Para estos chicos, el juego de la ronda y la pregunta por el lobo resulta una verdadera amenaza.

Todo lo que viene por fuera del espacio de los padres es inquietante  para un Yo que no encuentra confianza en otros rostros.

Me refiero a los rostros/espejos de los otros niños que lo espejan y lo alojan ya no como su “majestad el bebé”. En estos niños el lobo está dentro suyo.

En las últimas semanas comenzamos a trabajar con chicos y adolescentes que no quieren ir a jugar al bosque por miedo. Miedo a que le suceda algo a ellos o a los adultos. El bosque se tornó peligroso.La realidad se volvió amenazante.

Ahora, el lobo puede matar de verdad. Es invisible pero a la vez tiene el rostro de los otros. El juego del lobo perdió la ficción. Se le cayó la máscara. Algo de lo siniestro (como lo planteó Freud) aparece en escena.

Lo familiar tiene el velo de lo extraño y lo traumático irrumpe en el juego compartido con un costo aún por saber. La desmentida (que gozaba de mala prensa en nuestra clínica ) acerca de la propia muerte se puso en jaque. Empezamos a morirnos a cada instante con el ritmo de las noticias.

Entiendo que lo traumático puede tener dos derivaciones. Una es aquella que se enmarca en el registro de la regresión.

Depresiones (sentimiento de desesperanza y pérdida de sentido por los proyectos que se investían hasta el momento) y fobias que interfieren en el lazo social.

La otra derivación y a la que debemos apuntar es al trabajo de duelo. Todos perdimos en esta pandemia.

Hablarlo y aceptarlo acota el sufrimiento y acompaña de sentido lo acontecido.

A diferencia de la depresión, el duelo se acompaña con pulsión de vida. El duelo como pasaje al juego (a la ronda del juego) y a la alegría, a sabiendas de que este lobo va a estar presente en la memoria futura.

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