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mayo 13, 2021
sistema sanitario de Mar del Plata
Especiales

Crónica de una relajación diagnosticada

Por Juan Manuel Lamacchia

“He decidido tomar una serie de medidas que estimo imperiosas tomar en este momento para seguir garantizando aquello que queremos garantizar. Dos cosas, no detener el proceso vacunatorio y que el sistema sanitario no se sature. El sistema sanitario también se ha relajado, y en un tiempo en donde los contagios estaban disminuyendo abrieron puertas a atender otro tipo de necesidades quirúrgicas que podían esperar y creyeron que era oportuno tratarlos ahora y así en el sistema privado se acumuló un número de camas utilizadas que hoy en día pueden ser muy necesarias para atender el Covid”.

“Fue un shock como mi vida tuvo que modificarse, de repente no vi más a mi familia, a mis amigos, ni siquiera veía la cara de mis compañeros de trabajo, ya que hasta el uniforme había cambiado. Camisolín, botitas, doble guante, doble barbijo, antiparras y máscaras. Adiós a las sonrisas”. (Sheila – 30 años)

Así definió el Presidente de la Nación Alberto Fernández el rendimiento de los últimos meses de la primera línea de trabajo ante el coronavirus. Uno puede entender que quiso referirse al sistema en general, a los insumos, a las camas utilizadas, y quizás a no preservar ciertas cosas ante el aumento de casos y que no lo hizo apuntando al personal de salud que desde hace un año su trabajo además de esencial, no es normal.

“Cada día nos preguntamos: Y hoy, ¿quién sigue? ¿Un familiar? ¿Un amigo? ¿Seré yo quien no cuente el cuento?  El miedo y la muerte por Covid se convirtieron en moneda diaria”.

Aprendiendo a hisopar

Lucía trabaja en el laboratorio de una clínica privada de Mar del Plata. Tiene 26 años y sueños por cumplir. Nunca imaginó tener que ponerse en el lugar de heroína y anticiparle a la sociedad que el virus generado por un murciélago que empezaba a recorrer el mundo iba a llegar a nuestro país y a su ciudad. Sin tener noción de los riesgos reales que esto podía provocar, se puso encima todo lo que el protocolo, que también desconocía, le indicaba. Su nuevo uniforme.

  • Lucia: “Entre a ese consultorio con una mezcla de nervios y miedos. Si iba a saber tomar bien la muestra del hisopado, si me iba a sacar el equipo de protección correctamente y miles de dudas que daban vueltas en mi cabeza.  Es el día de hoy que me acuerdo que la mirada de aquel paciente era muy similar a la mía. Ninguno de los dos entendía qué estaba pasando. 

Pasaron algunos días y la noticia no tardó en llegar a los oídos de los marplatenses: “PRIMER CASO DE CORONAVIRUS EN LA CIUDAD”. Lo que tampoco tardó en llegar fue la sensación de miedo de mis compañeros y mía. ¿Me tendré que aislar? ¿Estaré contagiada? ¿Habré contagiado a alguien?”

El tiempo de los aplausos 

Se cerraron escuelas, comercios, industrias, aeropuertos, terminales. Ciudades enteras. Nos quedamos en nuestras casas, sólo comprábamos lo más importante. Se suspendió el fútbol, los shows, las obras de teatro y los cumpleaños. A la gente grande que por favor, ni se asome. Pasaron meses, en los que no se habló de otra cosa, en los que no hicimos otra cosa. Se puso de moda el home office, el zoom, los cursos virtuales y la masa madre. Pero el personal de salud continuaba haciendo su trabajo. Los casos aumentaban, las muertes eran inminentes, y su trabajo, esencial. 

Tan esencial que salimos a los balcones a aplaudirlos a las nueve de la noche. Pero duró un tiempo, la empatía tiene muchos requisitos y fecha de vencimiento.

  • ¿Cómo olvidarnos de esos primeros aplausos? Salir al balcón, escucharlos, sentirlos, aplaudirme a mí misma y a mis colegas. Aplausos que a muchos nos daban fuerzas y ganas de seguir adelante luchándola. Llenarnos de ese aliento y transmitírselos a los pacientes que aunque muchas veces por diversas cuestiones, que creo que no hace falta aclarar, no nos podían hablar. Nosotros sabíamos que nos escuchaban  y que nuestra fuerza les iba a llegar. (Lucía – 26 años)  

El pico estaba cada vez más cerca, las presiones sociales y de algunos sectores políticos obligó a tomar medidas distintas a las programadas. Se instalaron fases, dependiendo de la cantidad de contagiados de cada ciudad. Las filminas nos reflejaban gráficos que nos asustaban más de lo que los entendíamos, el dólar subió, tuvo un cepo y ahora tenemos un montón de tipos de dólares. Un montón de cosas sin resolver, y un montón de trabajadores y trabajadoras de la salud menos. A un año del inicio de la pandemia, murieron casi 500 profesionales y trabajadores de la salud en Argentina. Mirá si se hubiesen relajado antes.

  • ¿Sabes por qué estoy tan enojada? Y me duele porque es mi amiga… Porque está siendo egoísta. No somos superhéroes todos los que elegimos trabajar en salud. Estamos con miedo constantemente. Y más miedo nos da la gente que subestima el tema. Yo dejé de ver a mi familia para cuidarlos y cuidarme. Entonces salir a la calle y ver gente como si nada me da miedo. Me siento expuesta.

Cuando todo volvió

Se acordó la renegociación de la deuda con el FMI en una madrugada histórica gracias a la gestión del ministro Martín Guzmán. Mientras tanto, nosotros aprovechamos cada permiso que se daba, cada actividad que se abría y cada excusa, ahora necesaria, para vernos con los nuestros. Europa disfrutó de su verano y creímos que el nuestro podría ser igual, nos quejamos un poco y la normalidad parecía estar atravesada por un barbijo, alcohol en gel, distancia y que las balas no pasen cerca.

“Veo pacientes elegir entre comer o respirar, bañarse o respirar, hablar o respirar. Vi médicas llorar por elegir a quién darle un respirador. Las vi correr de un lado para el otro cuando se descompensan más de un paciente a la vez y en diferentes sectores”

“Yo no era la única con guardias interminables. Vi compañeros míos ir cayendo como moscas. El trabajo crecía, pero el personal se reducía”.

“Vi compañeros infectados, internados y fallecidos. Hubo un momento en el que yo sentía que el corazón no aguantaba tanta angustia”. (Sheila – 30 años)

Volvió el fútbol, se empezó a hablar de burbujas, los bares y boliches recuperaban su horario normal, se programaron vacaciones, el turismo interno puso primera y comenzó la carrera por la vacuna. Rusia, Reino Unido, Estados Unidos, China. Los de siempre. Lo tan esperado por todos, fue un problema (aún lo es). ¿Cómo que no puedo elegir qué vacuna darme? ¿Y si no me quiero vacunar? ¿Y si la vacuna no funciona y en realidad te están poniendo un chip para controlarte? Mientras se intentó boicotear el gran negocio de Bill Gates y la vuelta del comunismo al mundo, el personal de salud seguía atendiéndonos como el primer día, con las marcas en la piel de todos los objetos de protección que necesitaban, y que aun así no alcanzaban. 

“Un día estaba parada detrás de dos enfermeras de UTI, que miraban el monitor de un paciente entubado, más joven que mi papá. Le pedían que no se rindiera, que no se fuera. Pero de todas formas se fue. Día tras día le digo a alguien que no se rinda, que no se vaya todavía, que aguante un poco más. Y siempre pienso en mi familia”.

“Con el tiempo me tuve que empezar a tratar psicológicamente por reiterados ataques de pánico. El último fue hace muy poco, terminé en la guardia siendo asistida. La psicóloga y la médica clínica que me vieron coincidieron en que tenía que parar, pero sinceramente, en este contexto, que alguien me diga cómo se hace”. (Sheila – 30 años)

Empezó la debacle

Murió el Diego. Y ni la seguidilla de hechos más previsibles en la historia se pudo controlar. Como tampoco se controlaron las marchas, y parecía que la pandemia afectaba a algunos pocos. Entre ellos al personal de salud, que ya veía venir una Navidad y Año Nuevo, lejos de su familia. Se hizo ley la despenalización del aborto y por lo menos hubo un puñito para festejar el cierre del fatídico 2020.

Llegó la vacuna, llamada Sputnik V y proveniente de Rusia. El personal de salud fue el primero en ser vacunado. Bueno, al mismo tiempo que Horacio Verbitsky. Pero una pequeña luz comenzaba a verse en el horizonte y brillaban sonrisas exhaustas de vivir en un sinfín de tragedias detrás de tapabocas gastados. Ni aliento guardaban. La paciencia del hospital se transformó en ira, en intolerancia. A contrarreloj de nuestras irresponsabilidades volvimos a contar camas. 

“No saber qué hacer con pacientes que salen de una cirugía crítica por cualquier otra patología o que son pacientes oncológicos y tener que elegir si atenderlos o hacerlo a un paciente Covid es uno de los dilemas que más nos afectan a todo el personal de salud. Más allá de que estamos muy agotados porque sentimos que esto va para largo y que no hay una solución a corto plazo y no contamos con los recursos humanos, administrativos ni edilicios. Aunque uno sepa y tenga todo para hacer, no puede”. 

“En algún momento inevitablemente me va a pasar de tener que elegir a qué paciente ventilar y cual no. Es la parte más triste de todo, es lo que más nos afecta. Sumado a que no tenemos vacaciones hace más de un año, no sabemos cuándo las vamos a tener. La mente a veces te juega una mala pasada, por el estrés, el sufrimiento, la tristeza, la bronca por lo que pasa. Estamos totalmente agotados y nos cuesta saber cómo manejar esta situación”. (Evelyn – 28 años)

La segunda ola arrasó a los principales países europeos, al resto del mundo, y con aviso previo, también a Argentina. Durante un año anticipamos este hecho, la sorpresa parece un acto de egoísmo. No nos preparamos lo suficiente. No quisimos o no pudimos. Pero las preguntas volvieron a sonar en los pasillos más colapsados. En Mar del Plata se agregaron solo 9 Unidades de Refuerzo Sanitario, después de un verano récord en desarticulación de megafiestas clandestinas. Los jóvenes empezaron a ser el foco de contagio, la amenaza para el resto. El plan de vacunación comenzó y celebramos cada avión que salió en busca de más y más dosis. La pelota pasó de los más adultos, a los más chicos. Pero en el medio, el personal de salud no distingue de edades y la batalla los sigue teniendo ahí, en la primera línea.

Tuvo que morir Mauro Viale para que el periodismo en general, pero especialmente la televisión, tome medidas de prevención ante la peligrosidad de los contagios y la gravedad de la enfermedad. En todos los canales se vieron conductores y panelistas, en grupos mucho más reducidos, haciendo su trabajo con barbijo, todo el tiempo, todo lo que dure el aire. Igual que el personal de salud, que jamás se quita el barbijo. Pero entre que empecé a escribir esta nota y lo que llevo haciéndola, eso ya no lo vi más.

“Estamos 12 horas seguidas hisopando gente, con la presión mental de que al mínimo descuido podías contagiarte y exponer a toda tu familia. Cada vez que llegabas a tu casa te tenías que desinfectar”.

“He estado 48 horas seguidas de guardia porque no había médicos para cubrir esa demanda, y porque si no haces horas extra tu sueldo realmente no alcanza. Así y todo hay horas extras que no me han pagado, meses que me siguen debiendo”. (Sofía – 28 años)

Deuda histórica

La deuda del Estado con el personal de salud atraviesa toda la pandemia y más. Durante años vienen reclamando exigencias que les corresponden en cuanto a sus sueldos, condiciones de trabajo y derechos laborales. Así lo explica Fernanda Tapia en esta nota en el programa Mardel Directo por Telefe Mar del Plata

Debido a la falta de recurso humano por mantener por mucho tiempo al personal activo sin darle descanso ni condiciones laborales adecuadas a su profesión y la situación actual, se ha llegado al límite en muchas ocasiones de reemplazar o direccionar sin opción a médicos no especializados o residentes a áreas específicas de Covid-19 como puede ser terapia intensiva, exponiendo al mismo personal médico a forzar la responsabilidad y ¿culpa? del resultado de la negligencia del Estado. Héroe y villano en una misma decisión.

“Ni siquiera una pandemia fue suficiente para que el país se dé cuenta de lo esencial que es el personal de salud y lo mal pago y valorado que está. Hemos llegado a trabajar sin papel higiénico, horas y horas de guardia sin papel higiénico”.

“No existen los fines de semana, los feriados ni las vacaciones. Hace un año que lo último que hicimos fue relajarnos”. (Sofía – 28 años)

“Relajados vamos a  estar el día que podamos abrazar a nuestra familia sin culpa”. 

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